Por qué miles de jóvenes brillantes no logran terminar la universidad: esta fundación acompaña a los primeros universitarios de su familia

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Fundación Portas lleva 18 años trabajando con jóvenes de primera generación. Sus resultados contradicen el diagnóstico del sistema: 98% de permanencia y 90% de empleabilidad en un país donde uno de cada tres estudiantes abandona en el primer año.

Esta nota fue elaborada a partir de la entrevista con María Eugenia López en el podcast El Club de la Sustentabilidad.

Entrar a la universidad es solo el primer paso. El verdadero desafío, el que el sistema educativo chileno todavía no resuelve bien, es quedarse. Y para los jóvenes que son los primeros de su familia en llegar a la educación superior, ese desafío tiene una dimensión que va mucho más allá de lo académico.

María Eugenia López, Directora Ejecutiva de Fundación Portas, lo dice sin rodeos: en Chile, cerca del 30% de los estudiantes que ingresan a la educación superior abandona durante el primer año. La gratuidad abrió la puerta. Pero nadie garantizó que hubiera piso del otro lado.

“El desafío no solo es entrar, sino sostenerse”, explica López. “Y hay diversas variables que afectan que un estudiante, sobre todo de condiciones socioeconómicas más vulnerables, pueda sostener la trayectoria educativa y lograr el gran objetivo, que es titularse.”

Un camino sin referentes

Los llamados estudiantes de primera generación —aquellos cuyos padres no accedieron a la educación superior— enfrentan una combinación de barreras que el sistema tiende a invisibilizar. Vienen de establecimientos menos competitivos, con brechas académicas acumuladas. No tienen en su entorno cercano a nadie que les explique cómo funciona la vida universitaria, cómo pedir ayuda, cómo administrar la carga. Y cargan con la expectativa familiar de que produzcan pronto.

“Muchas veces los jóvenes toman la decisión de estudiar no para resolverse a sí mismos, sino para poder entregarle a sus familias la seguridad de que esto puede cambiar radicalmente sus condiciones”, señala López.

A eso se suma la falta de redes. Una brecha que no termina con el título: reaparece en el mercado laboral, cuando los contactos determinan oportunidades y los jóvenes de primera generación vuelven a partir sin esa ventaja.

El modelo que funciona

Fundación Portas opera desde hace 18 años con un programa de acompañamiento integral que combina trabajo individual mensual con cada estudiante y espacios grupales de desarrollo de habilidades. No reemplaza a las instituciones educativas: las complementa, con una escala y una profundidad que las casas de estudio, según López, todavía no logran alcanzar por sí solas.

Los resultados son concretos. Mientras la tasa nacional de deserción en primer año ronda el 30%, Portas mantiene un 98% de permanencia durante toda la carrera. Su tasa de titulación oportuna llega al 80%, frente al 60-65% del promedio nacional. Y el 90% de sus egresados encuentra trabajo en su área dentro de los seis meses siguientes a titularse.

Más de 600 jóvenes ya se han titulado a través del programa. Algunos hoy hacen doctorados en Estados Unidos y Europa. Una ingeniera de la Universidad Católica —que estuvo a punto de abandonar— trabaja hoy en Antofagasta Minerals. Un joven migrante egresado de ingeniería comercial forma parte del propio equipo de la fundación. Y pronto, si todo sigue como está proyectado, Portas habrá acompañado a la primera abogada indígena del país en jurar ante un tribunal.

El rol de las empresas

Fundación Portas no funciona sin el sector privado. Hoy son cerca de diez o doce empresas las que sostienen el programa, apostando de largo plazo por cada joven. Y las mismas empresas que financian el acompañamiento son las que luego llaman para pedir que los egresados hagan sus prácticas.

“Las empresas entienden que invertir en educación de jóvenes es ponerle recursos a sus propios negocios el día de mañana”, dice López. El voluntariado corporativo es otra pieza clave: profesionales que acompañan a estudiantes con dificultades académicas, vocacionales o de salud mental. Y López lo aclara: en esos procesos, quien más gana no es el estudiante. Es el voluntario.

La conversación que falta

López tiene una pregunta que le hace a los equipos de las empresas cuando visita: ¿cuántos de ustedes son primera generación? La respuesta, dice, siempre sorprende. En promedio, al menos un 40% de los trabajadores lo son.

“Hoy día no da lo mismo qué pasa con los jóvenes que no tienen la experiencia previa de haber nacido en un entorno cuyos padres hayan podido tener educación superior”, afirma. “No da lo mismo.”

Para la directora ejecutiva, esa es la conversación que Chile todavía no está teniendo con la profundidad que merece: no como un problema de deserción estadística, sino como una oportunidad de movilidad social real, con nombre, con historia y con evidencia de que funciona cuando hay acompañamiento.

Fundación Portas se puede encontrar en redes sociales como @fundacionportas.

Diario Sustentable
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