El académico de la UAI, Ignacio Fernández, doctor en Sustentabilidad de Arizona State University, instaló sensores en distintos puntos de la capital para responder una pregunta simple: cuánto enfría realmente la vegetación urbana. Los resultados le dan un argumento barato a los alcaldes y una advertencia a las empresas que prometen plantar árboles para compensar sus emisiones.
La conversación ocurre en el campus Peñalolén de la Universidad Adolfo Ibáñez, con Santiago de fondo y una capa de esmog encima. Es el escenario exacto del problema que investiga Ignacio Fernández, académico de la UAI y doctor en Sustentabilidad de Arizona State University, dedicado a la ecología de bosques y a la vegetación urbana.
Su punto de partida no es técnico: “Sin naturaleza literalmente no existimos y sin naturaleza la calidad de vida disminuye mucho”. Y la desconexión, dice, es reciente y tecnológica. “Si uno le pregunta a un niño que no tiene cultura y educación, ¿de adónde viene el pedazo de carne que está en el supermercado? Quizás no tiene idea, quizás piensa que efectivamente lo producen ahí atrás tras bambalinas y que hay una máquina que produce carne”.
Aire acondicionado natural, medido con sensores
Fernández y su equipo pusieron sensores en distintos barrios de Santiago para medir temperatura en función de cuánta y qué tipo de vegetación hay. El hallazgo: “Los árboles en sí, la vegetación arbórea, es capaz de disminuir la temperatura como en unos dos o tres grados, a nivel de barrio”, independiente de la altura u otras variables.
El dato incómodo para los municipios que llenan plazas de césped: “El pasto no es tan bueno. De hecho, el pasto genera condiciones raras, porque el pasto aumenta mucho la humedad, pero no disminuye la temperatura”.
Menos difundido todavía es el efecto inverso. La vegetación no solo baja las máximas de verano, también sube las mínimas de invierno. La razón es física y elemental: “El árbol no se puede congelar, porque si se congela, se muere”. El agua contenida en la masa vegetal amortigua el frío igual que lo hace el mar en la costa.
Fernández insiste en que esos dos o tres grados no son una comodidad: “Tú puedes tener personas que tengan problemas de regulación térmica y el hecho de dos grados Celsius significa o un shock térmico y la persona se muere o la persona sobrevive”.
La gente reconoce los árboles sin que le pregunten por árboles
Otro resultado, que debería publicarse a fin de año, cruza percepción con datos. El equipo pidió a habitantes de Santiago calificar la calidad ambiental de su barrio. Nunca les preguntó por vegetación. Después midió, por separado, cuánta cobertura vegetal había en cada sector.
Las mejores notas coincidieron con los barrios más arbolados. “Yo no le he preguntado nada de la vegetación a la gente, por lo tanto no hay un sesgo”, explica. La lectura para tomadores de decisión es directa: “Un mensaje para los alcaldes: usted quiere tener feliz a la gente, una inversión que es relativamente barata y que va a generar un cambio en la percepción de las personas, es poner más vegetación”.
Plantar árboles sí sirve. Compensar emisiones plantando árboles, no
Aquí Fernández marca el límite. Para explicar el calentamiento global usa un auto con las ventanas cerradas al sol: los rayos entran, chocan de vuelta con el vidrio y el calor se acumula. Emitir CO₂ es engrosar ese vidrio; los bosques lo van adelgazando al fijar carbono en la madera y, sobre todo, bajo tierra, donde los árboles concentran gran parte de su masa.
El problema es la escala y la inercia. “El cambio climático son como trenes gigantes que van cargados, y si nosotros apretamos el freno de emergencia va a seguir avanzando kilómetros”.
De ahí su reparo al discurso de compensación: “Muchas veces pasan estos ámbitos de que dicen ‘ya, vamos a plantar mucho bosque, entonces contaminemos todo lo que queramos y sigamos utilizando combustibles fósiles’. No. Plantar vegetación y cuidar la que tenemos es relevante, pero tenemos que disminuir la emisión”.
Y advierte sobre las reforestaciones bienintencionadas en suelos degradados, el tipo de proyecto que abunda en cerros isla y programas municipales. Si el suelo perdió microorganismos y nutrientes, plantar y regar dos años no basta: “Después dejo el arbolito ahí, ese arbolito pasa a morir”. Restaurar, dice, exige devolver el sistema completo, no poner ejemplares.
Bosques de bolsillo: la evidencia no acompaña
Consultado por los bosques Miyawaki, o bosques de bolsillo, Fernández remite a la revisión sistemática que publicó junto a colegas de la Universidad Mayor, Data Observatory y Nueva Zelanda en Journal of Applied Ecology. De 51 documentos analizados, solo 21 contenían mediciones reales, apenas siete incluían grupos de control y únicamente tres replicaban el experimento.
La técnica funciona en un sentido acotado: mucha densidad, fertilizantes, preparación intensiva de suelo y crecimiento rápido, pero con alta mortalidad. “Yo pongo 100 individuos en un espacio pequeño, van a competir, van a crecer rápidamente, pero van a quedar dos individuos después”. Su conclusión es de costo-beneficio: con otras técnicas se llega al mismo efecto por una fracción del gasto. “No es costo efectivo en absoluto”.
Después del fuego: el problema de escala
Cuando un bosque se quema, quien más pierde es el pequeño propietario. Existe el Fondo de Conservación del Bosque Nativo, pero Fernández describe una trampa de diseño: los subsidios son pequeños y se entregan una vez ejecutado el trabajo. “Es más riesgoso el hecho de gastar la luca, quizás si no le sale el resultado después no le va a entregar los recursos”. Las grandes forestales, con viveros y plántulas listas, replantan sin ese problema. El resultado son terrenos degradados que nadie recupera.
Sobre la sospecha de que se queman bosques para habilitar suelo urbano, es cauto: cree que ocurría cuando estaba vigente el DL 701, pero que hoy el cambio de uso de suelo está más regulado.
El mensaje al 2050
Al cierre, la pregunta obligada: qué le diría al Chile de 2050. Parte con humor negro, “les dije”, porque las consecuencias van a estar a la vista, y sigue con lo otro: “Todavía no es tarde para tomar un rumbo diferente”. Las decisiones de hoy, recuerda, se pagan medio siglo después.
Y deja una razón menos técnica para conservar bosque nativo, del que se declara fanático: “Quizás hasta la cura del cáncer está ahí dando vuelta en alguna quebrada de Chile y no tenemos la más mínima idea, porque no la hemos encontrado todavía”.

