Por Loaiza Montilla Consultora de Arquitectura Financiera y Regulatoria Gobierno Corporativo
En los últimos años, ESG se consolidó como un eje central en la agenda de las organizaciones. Sin embargo, el contexto global reciente —marcado por tensiones geopolíticas, presiones económicas y cambios en las prioridades estratégicas— ha abierto un debate sobre la vigencia y el verdadero valor de esta agenda.
Parte de esta discusión surge porque, impulsadas por la regulación, los inversionistas y el entorno, muchas compañías han avanzado en la construcción de reportes cada vez más completos, sin necesariamente cuestionar el valor que estos generan en la toma de decisiones.
En la práctica, ESG sigue abordándose como un problema de divulgación, centrado en qué medir, qué reportar y cómo cumplir, cuando en realidad es un modelo sobre cómo se toman las decisiones dentro de una organización. El verdadero desafío aparece antes: en cómo se evalúan los riesgos, cómo se asigna el capital y qué decisiones se priorizan —y, quizás más importante aún, cuáles se ignoran.
De igual forma, ESG suele abordarse desde lo ambiental o lo social, pero sus principales desafíos se originan en el gobierno corporativo: en cómo se estructuran las decisiones, quién decide, con qué información y bajo qué criterios. Esto incluye también la capacidad de alinear esas decisiones, de forma coherente y transparente, con definiciones que existen desde mucho antes en las organizaciones —como su misión, visión, valores, compromisos— y de integrarlas efectivamente en el negocio y en las agendas del liderazgo.
Abordado de esta manera, ESG deja de ser un ejercicio de cumplimiento para convertirse en una extensión natural de la forma en que una organización toma decisiones, donde la sostenibilidad es parte del criterio con el que se identifican oportunidades, se gestionan riesgos y se define el rumbo del negocio.
Sin embargo, avanzar en esa dirección requiere ir a un lugar menos cómodo: los cimientos de la toma de decisiones. No es un trabajo visible ni particularmente atractivo, pero es honesto, coherente y necesario, porque la sostenibilidad desligada de la productividad no es viable en el tiempo.
Si ESG no se integra en la forma en que las organizaciones toman decisiones, termina siendo una capa adicional de complejidad, sin impacto real en los resultados y, por lo tanto, corre el riesgo de ser prescindible frente a los vaivenes del mercado. El desafío no es reportar mejor, sino decidir con una mirada más integral y con la convicción de que la sostenibilidad forma parte del negocio, no de su relato.

