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Viernes, Octubre 15, 2021

¿Ni joven ni anciano?

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Contamos historias que merecen crecer. Pensamos diferente y elegimos creer en las personas, comunidades y organizaciones, las grandes y las que están empezando ahora en la mesa de un café, pero que van a cambiar el mundo.

Por Ximena Abogabir, Socia y VicePresidenta de Travesía100

www.travesía100.com

Si no eres lo uno ni lo otro, eres de los nuestros: la generación denominada “Baby Boomers” a la cual, desde el año 1968, le ha correspondido reinventarlo todo: el amor, la política, la sociedad, el trabajo. Ahora necesitamos inventar la longevidad. Claro. La mayoría de nosotros vamos a vivir hasta los 100… o casi.

Por eso, cuando la sociedad nos invita a “descansar” después de los 60, no nos parece buena idea porque no nos apetece invisibilizarnos y volvernos irrelevantes; ni tampoco podemos hacerlo porque no hay jubilación ni ahorros que alcancen, dados los costos crecientes de la medicina. Por otra parte, nuestros hijos no están mayoritariamente en condiciones de hacerse cargo, como era la solución de antaño: ni espacio, ni tiempo ni finanzas. Por todo esto, la mujer debería dejar su trabajo para atendernos, lo que es económicamente inviable especialmente si ella es la Jefa de Hogar, lo cual representa en Chile 2,15 millones de hogares a la fecha.

En síntesis, el cambio demográfico irrumpe como un inesperado desafío: acoger a la “marea plateada” en las ciudades, el trabajo, la familia, los centros educativos y de salud. Incluso las políticas públicas deberán incorporar ahora nuestros requerimientos, los que entrarán inevitablemente a competir presupuestariamente con los de los niños, los migrantes, los transgéneros, y tantos otros, dado que vivir hasta los 100 era una dimensión reservada sólo para una ínfima minoría.

La longevidad puede convertirse en una bendición o en una maldición. Ello dependerá de muchos factores interrelacionados: sentido de la vida, autovalencia -lo cual requiere salud física y mental- relaciones, ingresos suficientes para garantizar una vida digna, entorno que facilite la movilidad y el encuentro, capacitación continua, y un largo etcétera. Todos estos requisitos para vivir una madurez feliz, productiva y con propósito, constituyen un capital cultural, relacional, financiero, de bienestar físico y emocional, que mayoritariamente se construye a lo largo de toda la vida. En otras palabras, no hacerlo es difícil de remontar pasados los 60, por lo que también es indispensable impulsar el cambio cultural desde la niñez, comenzando por reemplazar la tradicional imagen de los abuelos sentados en una mecedora con un chalcito en las piernas, por personas vitales, creativas y actualizadas.

Como si todo lo anterior no fuera suficientemente complejo, este nuevo segmento que quiere y necesita mantenerse activo hasta los 100 no cuenta con herramientas para hacerlo, por lo que no queda mejor opción que involucrarlos a ellos mismos en la identificación de sus necesidades y sus correspondientes soluciones. Ello impone la intergeneracionalidad como un siguiente reto en la búsqueda de soluciones apropiadas. Sabemos que los Millenials y los BabyBoomers se miran con desconfianza, pero tendrán que hacerse amigos, empatizar y encontrar zonas de complementación.

En síntesis, el desafío de innovación que representa esta nueva faceta de la sustentabilidad -la demográfica- es gigantesco. Mi único consuelo es que nos atañe a todos.

 

 

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