Por Antonia Anastassiou, directora de Comunicaciones y RR.PP Fundación Mustakis.
Desgarra ponerse en los zapatos de la familia que sufrió la absurda pérdida de un hijo de 12 años a manos de jóvenes que recién dejaban de ser niños. Pero una tragedia así también obliga a preguntarnos qué ocurrió antes: qué señales no vimos, qué apoyos no llegaron, qué vínculos se quebraron o qué entornos terminaron enseñando que la violencia era un camino posible.
Ningún niño crece solo. Su desarrollo se construye —o deteriora— en los vínculos y modelos que encuentra en su hogar, la escuela y en los espacios que habita cada día. La educación, el arte, el deporte y el acompañamiento socioemocional abren oportunidades valiosas, pero transformar una trayectoria depende también de que exista, alrededor de cada niño, una red protectora más amplia: familia, comunidad, salud, cultura, espacios públicos seguros y oportunidades concretas de pertenencia.
¿Cuántas organizaciones estamos trabajando hoy por la infancia? Muchas: fundaciones, organismos públicos, empresas, establecimientos educacionales o clubes deportivos. La pregunta, entonces, no es sólo cuántos esfuerzos existen, sino cuánto logran encontrarse, complementarse y sostener cambios duraderos en la vida de niños, niñas y adolescentes.
Una estrategia país sólida se juega en muchos frentes a la vez: prevención temprana, protección, acompañamiento familiar, permanencia escolar, salud mental, recuperación de espacios comunitarios y oportunidades de desarrollo. El Estado no puede hacerlo solo. Las organizaciones sociales, fundaciones, empresas y comunidades pueden aportar conocimiento territorial, innovación, cercanía y recursos.
La asociatividad no debiera ser una coordinación ocasional frente a una crisis, sino una forma más inteligente de detectar alertas, compartir aprendizajes, construir respuestas complementarias, identificar qué funciona realmente para cambiar trayectorias y escalar las intervenciones que demuestren efectos sostenibles.
Transformar la infancia en una causa-país exige visión compartida, colaboración entre sectores, evidencia, recursos sostenidos y voluntad de mirar el problema completo. Porque ningún niño debería aprender demasiado pronto a defenderse del mundo.

