Más datos no significan mejores decisiones

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Por Cristóbal Pérez, AI & Data Science Engineer de ComparaOnline

La reciente actualización del marco que regula el Sistema de Finanzas Abiertas volvió a instalar una discusión relevante para el futuro financiero de Chile. Los nuevos estándares técnicos y la postergación de su entrada en vigor abren una conversación que va más allá de los plazos regulatorios. Lo que está en juego no es sólo cuándo comenzará a operar esta infraestructura, sino cómo lograremos que los datos financieros se transformen en mejores decisiones para las personas.

La discusión pública ha tenido distintas lecturas. Desde el regulador se ha planteado la necesidad de una implementación gradual, con mayores resguardos técnicos y de seguridad. Desde parte del ecosistema fintech, en cambio, se ha advertido que una nueva postergación puede retrasar beneficios para los consumidores y afectar la competencia. Ambas miradas reflejan una tensión real: un sistema de esta magnitud exige rigor, pero también sentido de oportunidad.

Las finanzas abiertas no deberían entenderse únicamente como una reforma tecnológica o regulatoria. Su promesa más relevante está en mejorar la capacidad de decisión de los usuarios. Si una persona puede autorizar, de manera segura, el uso de su información financiera para acceder a mejores alternativas y comparar productos con mayor precisión, el cambio no es menor. Se modifica la forma en que circula la información y, con ello, la relación entre las personas y el sistema financiero.

Sin embargo, abrir datos no basta. Comparar un crédito, un seguro o una tarjeta sigue siendo, para casi cualquiera, una experiencia compleja: tasas, comisiones, deducibles y costos finales aparecen en formatos distintos y con un lenguaje pensado para especialistas. Dos créditos con una cuota mensual casi igual pueden terminar costando 400 mil pesos de diferencia, y la persona no tiene cómo darse cuenta antes de firmar.

Ahí es donde entran la ingeniería de datos y la inteligencia artificial. El trabajo no es acceder a más información, sino traducirla: tomar esa diferencia que hoy queda enterrada entre tasas y comisiones y expresarla en una frase que cualquiera pueda usar para decidir. Que los datos estén consistentes y bien estructurados es necesario, pero es el medio, no el fin. El fin es que la persona deje de elegir a ciegas.

La mayoría de las personas no deja de comparar porque no puede, sino porque comparar agota: entre el esfuerzo y la inercia, casi siempre gana la inercia. Por eso tanta gente sigue pagando de más por un producto que dejó de convenir hace años. Las finanzas abiertas bajan la barrera de los datos; la inteligencia artificial, la del esfuerzo. Recién cuando caen las dos, la competencia deja de ser una promesa y empieza a operar.

La implementación, entonces, no debería medirse únicamente por el cumplimiento de etapas técnicas. También debe evaluarse por la experiencia concreta que tendrán los consumidores. ¿Entenderán qué datos está compartiendo? ¿Podrán autorizar y revocar permisos de manera simple? ¿Recibirán comparaciones claras?

El sistema debía partir este año y la nueva norma lo empujó un año más, con plazos que se estiran hasta 2030 para la operación plena. Ese tiempo no debería gastarse solo en que bancos, fintech, aseguradoras y plataformas logren intercambiar información bajo reglas comunes. Debería servir para algo más difícil: que ese intercambio termine en una persona entendiendo y decidiendo mejor.

En esta nueva etapa, la competencia no será únicamente por quién tiene más datos. Será por quién es capaz de convertirlos en información útil, comprensible y confiable. Chile tiene una oportunidad importante: que las finanzas abiertas no se limiten a habilitar el intercambio de datos, sino que permitan transformar esa información en decisiones más simples, informadas y seguras para las personas.

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