Por Anita Cisternas, Académica investigadora Facultad de Medicina Veterinaria y Agronomía de la Universidad de Las Américas
Desde niños aprendemos que los árboles son esenciales para la vida. Nos enseñan que producen el oxígeno que respiramos, que nos regalan sombra en los días calurosos del verano, que nos entregan frutos y que sirven de refugio para aves, insectos y muchas otras especies. También aprendemos a reconocer sus raíces, tronco y hojas. Todo eso es cierto y explica por qué solemos llamarlos los “pulmones del mundo”. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que guardan otra riqueza igualmente valiosa.
Los árboles son también archivos naturales vivos. Aunque permanecen silenciosos, en su interior conservan la historia del lugar donde se han desarrollado. Sus anillos de crecimiento registran años de sequía o de abundantes lluvias, cambios de temperatura, incendios forestales y otros acontecimientos ambientales que han marcado el entorno que los rodea. Algunos viven apenas unas décadas, pero otros atraviesan siglos e incluso milenios, convirtiéndose en auténticos guardianes de la memoria de la Tierra.
Su diversidad también despierta admiración. Hay árboles pequeños, capaces de sobrevivir en condiciones difíciles y espacios reducidos, y otros que alcanzan dimensiones impresionantes. Algunos superan los cien metros de altura y desarrollan troncos tan enormes que cuesta imaginar que sean seres vivos. Desde los árboles más modestos, hasta los gigantes de los grandes bosques, todos cumplen un papel fundamental: capturan carbono, ayudan a regular el clima, protegen los suelos, favorecen el ciclo del agua y sostienen una extraordinaria diversidad de vida.
Chile tiene el privilegio de albergar uno de los ejemplos más extraordinarios de esta historia viva. El llamado “Gran Abuelo”, un alerce que crece en el Parque Nacional Alerce costero en la región de Los Ríos y que podría superar los 5.000 años de edad. Pensar en ello resulta sobrecogedor. Cuando este árbol comenzó a crecer, muchas de las civilizaciones que hoy estudiamos en los libros de historia ni siquiera existían. Desde entonces ha permanecido en pie, observando silenciosamente el paso del tiempo, los cambios del clima y el tránsito de innumerables generaciones humanas.
En el Día Mundial del Árbol, vale la pena mirar nuestro alrededor con otros ojos. Cada árbol es mucho más que un elemento del paisaje. Es un ser vivo que nos acompaña, sostiene la vida del presente y conserva la memoria del pasado. Cuidarlos no solo significa proteger la naturaleza, también implica resguardar una parte invaluable de nuestra historia común. Porque los árboles no solo sostienen la vida, sino que guardan la memoria de la Tierra. Han acompañado a generaciones enteras y, si sabemos protegerlos, seguirán aquí mucho después de que nosotros ya no estemos.

