La sequía se mide desde el espacio, pero se entiende desde la ciencia básica

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Por Javier Lopatin, investigador titular Data Observatory y académico Facultad de Ingeniería y Ciencias UAI

Cada 17 de junio se conmemora el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía. Para Chile no es una fecha abstracta. Desde 2010 arrastramos la megasequía más prolongada de nuestro registro instrumental y, según reconstrucciones basadas en anillos de árboles, probablemente la más larga de los últimos mil años. Más de quince años de déficit de lluvias han empujado a buena parte del territorio hacia la aridez: la Corporación Nacional Forestal estima que cerca de un cuarto del país está en alto riesgo de desertificación. Sabemos todo esto, con nombre y cifra, gracias a la ciencia.

Hoy podemos observar la sequía desde el espacio. Índices satelitales de vegetación, como el NDVI, delatan el estrés de un cultivo antes de que el ojo humano lo note; sensores térmicos miden cuánta agua evapora el paisaje y, con ello, cuánta le falta; instrumentos de microondas estiman la humedad almacenada en el suelo, y un par de satélites gemelos llamados GRACE llegan incluso a “pesar” desde la órbita el agua subterránea que se agota bajo nuestros pies. La ciencia de datos y la teledetección aplicadas al medio ambiente son herramientas que generan información, mapas, alertas para la toma de decisiones.

La gran mayoría de esta ciencia se construye primero con base en la ciencia básica: ciencia no aplicada y sin un retorno económico claro a la vista al principio. Por ejemplo, el satélite GRACE puede pesar un acuífero desde el espacio porque Newton describió la mecánica de la gravedad en 1687. Un satélite puede medir la temperatura de una planta porque Planck formuló en 1900 la física de la radiación. La humedad del suelo se mide desde el espacio mediante experimentos de laboratorio de los años cincuenta que estudian cómo el agua altera las propiedades eléctricas de la Tierra. Y el índice NDVI nació de la espectroscopía de hojas, de científicos que solo querían entender por qué una hoja refleja la luz como lo hace.

Esa es la relación que solemos olvidar. La ciencia aplicada es el fruto visible, el que se puede mostrar y financiar con facilidad; la ciencia básica es la raíz que nadie ve y que sostiene todo lo demás. El sustento físico de la teledetección —la transferencia radiativa, la termodinámica, la fisiología vegetal, la estadística— se construyó durante décadas de investigación sin promesa de retorno inmediato. Quien financia solo el fruto y descuida la raíz se queda, tarde o temprano, sin árbol. No existe ciencia aplicada robusta sobre una ciencia básica desmantelada.

Y aquí Chile arrastra una deuda vieja y enfrenta una preocupación nueva. Invertimos alrededor del 0,36% del PIB en investigación y desarrollo, cerca de un séptimo del promedio de los países de la OCDE. A esa debilidad estructural se suma hoy un discurso oficial que mira la investigación con desconfianza, como si financiar ciencia produjera, a lo más, un libro empastado olvidado en una biblioteca, junto a un presupuesto para el sector que apenas se mueve. Es el momento equivocado para transmitir ese mensaje.

Lo es porque la ciencia no se enciende ni se apaga con el presupuesto de un año. Una capacidad de investigación tarda décadas en construirse y se desarma en muy poco tiempo; recuperarla después es lento y costoso. Invertir en ciencia, básica y aplicada, no es un capricho de países ricos: es la condición para anticipar la sequía, cuidar el agua que nos queda y sostener el futuro del país. No podemos darnos el lujo de quedarnos ciegos justo cuando más necesitamos ver.

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