Por David Grinberg, Vicepresidente de Comunicaciones Corporativas de Arcos Dorados Latam
Crecí viendo El Chavo, como millones de latinoamericanos. Ese niño que vivía en un barril, en medio de una vecindad donde todos se cuidaban y reían juntos, fue parte de mi infancia. Recuerdo repetir sus frases frente al televisor “¡eso, eso, eso!” y “sin querer queriendo” estaba compartiendo algo más que un programa: estaba siendo parte de un lenguaje común que nos unía como región.
Había algo en esa vecindad que iba más allá del humor. Era la sensación de pertenecer, de compartir, de construir recuerdos colectivos. Y quizás por eso hoy, tantos años después, sigue siendo un referente cultural que conecta generaciones.
Ese mismo espíritu nos inspiró a llevar a El Chavo a un nuevo espacio, el de la lectura, a través de la colección de Cajita Feliz Libros de McDonald’s. Porque si algo hemos aprendido es que cuando un libro llega a un niño, no solo cuenta una historia, abre un mundo.
Ahí está el verdadero súper poder de leer en familia. Lo que parece un momento simple, un adulto leyendo en voz alta, un niño escuchando, una página que se pasa, es en realidad un espacio donde ocurren múltiples cosas, se fortalece el lenguaje, se estimula la imaginación y se construyen vínculos.
Hasta hoy recuerdo las historias que mi padre me leía antes de dormir. Ya acostado en la cama, cerraba los ojos y viajaba con la imaginación mientras las palabras entraban por mis oídos. Fue un gesto tan profundo y significativo que, años después, hice exactamente lo mismo con mis hijos. Así se fue creando un vínculo entre generaciones, al punto de que hoy los nietos comentan con su abuelo esas mismas historias e imaginaciones que, alguna vez, también me acompañaron a mí.
Según UNICEF, leer en voz alta e interactuar con textos es fundamental para el desarrollo temprano, ya que ayuda a ampliar el vocabulario, comprender emociones y desarrollar habilidades cognitivas. Más allá de los beneficios, hay algo aún más importante: el vínculo. Porque leer juntos es, ante todo, una forma de estar presentes.
En un entorno donde las pantallas ocupan cada vez más espacio en la vida cotidiana, el desafío no es eliminarlas, sino equilibrarlas. Y en ese equilibrio, los libros tienen un rol insustituible. Como me dijo recientemente Roberto Gómez Fernández, hijo de Roberto Gómez Bolaños: “Podemos seguir viendo pantallas, pero hay que fomentar que los niños lean. Un libro siempre es un vehículo fantástico”.
Hace 14 años, en Arcos Dorados entendimos que para que la lectura ocurra, primero debe ser accesible. Así nació Cajita Feliz Libros de McDonald’s, un programa que busca democratizar la literatura infantil y promover la lectura en familia, permitiendo que elijan un libro junto con su menú infantil, integrando la lectura a un momento cotidiano.
Desde 2012 hasta mayo de este año hemos llevado aproximadamente 30 millones de libros infantiles a hogares latinoamericanos. Una cifra relevante, sin duda, pero que cobra verdadero sentido cuando pensamos en lo que sucede después: esos momentos en casa donde una historia se comparte y se convierte en recuerdo, cómo en mi caso.
Porque al final, no se trata sólo de cuántos libros entregamos, sino de cuántas historias logran conectar a una familia. Tal vez por eso El Chavo sigue siendo tan poderoso. No solo por lo que fue, sino por lo que representa: un recuerdo compartido. Latinoamérica creció en esa vecindad.
Hoy, adultos, niñas y niños tenemos la oportunidad de construir una vecindad propia, donde los encuentros ocurren alrededor de una historia, la risa aparece y cada libro leído en voz alta se convierte en un pequeño ritual. Uno en el que, dentro de algunos años, los niños recuerden no solo lo que leyeron, sino con quién lo hicieron.

