La incertidumbre, la hipervigilancia y el estrés son respuestas normales frente a eventos climáticos de gran magnitud. Un académico de la PUCV explica cuándo estas reacciones cumplen una función adaptativa y entrega recomendaciones concretas para familias, niños y personas mayores.
Las emergencias climáticas no solo ponen a prueba la capacidad de respuesta de personas e instituciones: también generan un impacto emocional significativo. Frente a estos escenarios, la preocupación y el aumento del estado de alerta forman parte de una respuesta psicológica normal que permite prepararse para enfrentar el riesgo.
Así lo explicó Felipe Rodríguez, académico de la Escuela de Psicología de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV), quien señaló que este tipo de reacciones cumple una función adaptativa y no debe interpretarse, en principio, como un problema de salud mental.
“Claramente, una situación como esta puede provocar una respuesta de estrés. La preocupación, la incertidumbre, el estar más hiper vigilantes, informarse más de lo habitual o pensar constantemente en posibles escenarios y en cómo enfrentarlos son reacciones esperables”, precisó. Agregó que esto se intensifica en quienes ya han vivido emergencias por eventos climáticos o ambientales, ya que pueden experimentar un aumento importante de la tensión.
El académico advirtió que estos estados emocionales también repercuten en la convivencia cotidiana, y que reconocerlos permite abordarlos mejor y evitar conflictos innecesarios. “Lo importante es entender que estas reacciones pueden aparecer y no sorprendernos cuando ocurren. Prepararse también significa reorganizar las rutinas, conversar en familia y anticipar cómo enfrentar una situación que puede alterar la vida cotidiana durante algunos días”, indicó.
Con todo, hay una línea que conviene observar: “Claramente hay una diferencia cuando el miedo nos paraliza o nos puede llevar a tomar decisiones más impulsivas”, complementó.
De la preocupación a la acción
La principal recomendación del especialista es convertir la preocupación en medidas concretas que aumenten la sensación de control: preparar la casa, revisar los planes familiares, conocer las indicaciones de las autoridades del lugar donde se vive o trabaja, y mantener una comunicación clara entre los integrantes de la familia.
En cuanto a la información, Rodríguez fue enfático en distinguir entre informarse y sobreexponerse. “La información es indispensable para tomar decisiones, pero recibir información de manera permanente no necesariamente ayuda. Lo recomendable es hacerlo a través de fuentes oficiales y confiables, verificar cualquier contenido antes de compartirlo y evitar la difusión de rumores o noticias falsas, porque muchas veces generan más temor que el propio evento”, comentó.
Por lo mismo, descartó la necesidad de estar conectado todo el día. “No recomendaría mantener encendidos los canales de noticias o la radio las 24 horas. Basta con revisar periódicamente los reportes oficiales y preguntarse si la información que estamos recibiendo realmente nos ayuda a tomar mejores decisiones o si solamente aumenta nuestra preocupación”, sostuvo.
Niños y personas mayores: los cuidados diferenciados
El académico también entregó orientaciones para acompañar emocionalmente a niños, niñas y personas mayores. “Con los niños es importante explicar lo que ocurre con palabras sencillas y transmitirles que los adultos están tomando medidas para protegerlos. Ellos observan mucho más nuestras reacciones que las noticias. Si perciben calma, organización y preparación, es mucho más probable que se sientan seguros”, afirmó.
Respecto de las personas mayores, recomendó incorporarlas activamente en la planificación familiar: “Explicarles las medidas que se están adoptando e integrarlos a los planes familiares ayuda a disminuir la sensación de vulnerabilidad que pueden experimentar”, señaló.

