Paola Agulló fundó en 1998 la primera tienda de ropa usada con curaduría editorial del país. Lo que entonces era un concepto incomprendido hoy está en Falabella y refleja un cambio profundo en cómo los chilenos se relacionan con la moda.
Cuando Paola Agulló abrió Nostalgic en Bandera 721, en 1998, la ropa usada no era aspiracional. La gente la asociaba con falta de higiene, con el karma de otras personas o simplemente con no poder comprar algo nuevo. Nadie había intentado aplicar un ojo editorial a la selección de prendas de segunda mano en Chile. Agulló lo hizo, y lo que comenzó como una apuesta solitaria se convirtió en una categoría.
Veintiocho años después, Nostalgic opera 16 tiendas en Santiago, Providencia, Valparaíso y Viña del Mar, acaba de entrar al retail masivo a través de Falabella y mantiene una tienda online con alcance nacional. “La moda cambió y ahora la moda sustentable es una necesidad”, dice su fundadora.
Curaduría como diferenciador
Lo que distinguió a Nostalgic desde el inicio no fue vender ropa usada, sino elegirla. Cada prenda que entra a la tienda pasa por un proceso de selección con criterio editorial: tiene que tener una historia, ser única, justificar su presencia. Eso marcó la diferencia con los modelos tradicionales de ropa de segunda mano, donde la mercadería llegaba sin filtro.
Hoy ese proceso involucra a un equipo de diseñadoras que trabaja en curatorías diferenciadas según el canal y el público. El e-commerce, por ejemplo, tiene un perfil masculino relevante, con foco en marcas como Carhartt, Harley Davidson y Dickies, que pasaron de ser ropa de trabajo estadounidense a convertirse en referencias de estilo. Las tiendas físicas apuntan a materialidades que antes eran inaccesibles para muchos compradores: cachemira, alpaca, mohair, seda, cuero, gamuza.
“Nuestro desafío es hacer que el lujo sea inteligente”, explica Agulló.
El problema que Nostalgic anticipó
El desierto de Atacama se ha convertido en uno de los basurales de ropa más grandes del mundo. Fardos importados que nunca se abren, prendas nuevas descartadas directamente por las marcas, toneladas de textiles acumulándose en el norte del país. Es la cara más visible de la moda rápida.
Para Agulló, el problema de fondo es la ausencia de regulación y responsabilidad empresarial. “Cuando no hay norma ni regla, en algunas áreas la gente se aprovecha”, señala. Su respuesta ha sido siempre la misma: construir un modelo donde cada prenda tiene valor, historia y propósito.
Un cambio cultural en curso
Lo que Agulló describe como el mayor cambio de los últimos años no es el crecimiento de su negocio, sino la transformación en la forma en que las personas consumen moda. El consumidor ya no busca tendencias ni necesidades inmediatas: busca identidad. Quiere una prenda que no tenga nadie más, una experiencia de búsqueda que lo sorprenda, una marca con un relato.
“Tú tienes que contar un relato en tu marca y eso es lo que va a generar una conexión”, resume.
Ese giro cultural es el que explica por qué una tienda que abrió una categoría incomprendida en los años noventa hoy forma parte del retail más masivo del país, sin haber abandonado el criterio que la hizo distinta desde el primer día.

