¿Y si un día se agotara la madera?

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Los números respaldan la ambición: 13 centros de montaña operativos a nivel nacional, 367 kilómetros de pistas y 121 medios de elevación, con capacidad para cerca de 18.500 camas y más de 10.000 plazas gastronómicas.


Por Claudio Balocchi, Investigador Senior Forestal de Bioforest, centro de investigación de ARAUCO

Pocas veces nos detenemos a pensar en todo lo que depende del bosque. La madera con la que construimos nuestras casas, el papel que usamos a diario, los embalajes, libros, muebles, incluso fibras textiles sostenibles que hoy se abren paso en la industria de la moda. Todo esto podría tambalear si los recursos forestales renovables se vieran amenazados. Y lo están. Pero ¿qué pasaría si los árboles dejaran de crecer como lo han hecho hasta ahora?

La amenaza no es lejana. El cambio climático está alterando profundamente los ciclos naturales: hay menos lluvias, más eventos extremos, nuevas plagas y condiciones de estrés ambiental que desafían la productividad y sostenibilidad de los bosques. Frente a este escenario, garantizar el acceso futuro a recursos forestales renovables no es solo una preocupación de la industria, sino una tarea estratégica para el país.

Y desde una vereda positiva, en Chile ya se está desarrollando una capacidad científica destacada en biotecnología forestal. Un ejemplo de ello es la plataforma de ingeniería genética impulsada por el Centro de Biotecnología de la Universidad de Concepción en alianza con ARAUCO, que busca identificar genes capaces de conferir tolerancia al estrés hídrico y otras amenazas emergentes. La idea es sencilla pero ambiciosa: crear árboles más resilientes, adaptados a un mundo que cambia más rápido de lo que lo hacían nuestros modelos tradicionales de cultivo forestal.

Este tipo de investigaciones requiere visión de largo plazo. Un ciclo forestal puede tardar dos décadas en mostrar resultados, lo que desafía los tiempos habituales del financiamiento público y privado. Aun así, la colaboración entre academia, centros tecnológicos y empresas ha demostrado que es posible avanzar cuando se pone el bien común por delante: garantizar la sostenibilidad de un recurso que sostiene empleo, desarrollo regional, innovación y —cada vez más— nuevas industrias como la de materiales sostenibles o las fibras textiles de origen vegetal.

La genética forestal no es una solución milagrosa. Pero sí es una herramienta clave en una estrategia más amplia de adaptación y sostenibilidad. Si como país queremos seguir contando con bosques productivos, sanos y resilientes, debemos apostar por la ciencia aplicada, formar capital humano de primer nivel y fomentar más colaboraciones que crucen disciplinas, instituciones y territorios.

Porque si alguna vez llegamos a preguntarnos qué haríamos sin madera, lo ideal sería tener la respuesta anticipadamente, trabajando en forma silenciosa pero firme, en los laboratorios, viveros, y centros de investigación del país.

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