Convivencia antártica: lidiando con el trabajo extremo y la habitación confinada
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Convivencia antártica: lidiando con el trabajo extremo y la habitación confinada

Florencia Vergara Escobar – Núcleo Especulatorio en Tecnociencia y Biomateriales, Universidad de Chile

La Antártica es un continente que se rige por los principios de ciencia y paz, según lo anuncia el Tratado Antártico (1959). Pero para que esto se produzca, se requiere de varios componentes interrelacionados, entre ellos, cuerpos responsables de la producción científica antártica.

Entendiendo que las condiciones antárticas pueden ser hostiles, el cuidado en la vivencia corporal antártica se hace necesario para la producción científica.

La investigación etnográfica realizada en la ECA 55 me permite conocer las prácticas de cuidado necesarias para sobrellevar la vida científica antártica y, en este artículo, me detengo sobre los cuidados orientados hacia la convivencia en confinamiento. En el momento pandémico actual, revisar las prácticas desarrolladas por trabajadores antárticos para sostener las relaciones sociales amenas en sus contextos de encierro puede sernos útil. La Antártica es un continente que exige la continuación del trabajo científico pese a toda dificultad y las prácticas de cuidado interrelacionales se vuelven así esenciales para la producción científica, por muy ajenos a ella que parezcan en primera instancia.

El cuidado de la salud -entendiendo este concepto desde sus dimensiones no solo físicas, sino también sociales y psicológicas- está relacionado con la forma de habitar un espacio concreto. Las prácticas de habitación colectivas e individuales están en sintonía con las trayectorias posibles de los cuerpos. En la Antártica, se habita mayoritariamente en función del trabajo científico y, para llevarlo a cabo, los equipos científicos producen prácticas corporales enmarcadas por las condiciones que entrega el continente.

Quienes se dedican a pasar semanas o incluso meses en trabajo antártico durante la Expedición Científica Antártica (ECA, organizadas por el INACH) son logísticos y científicos encargados de la producción de conocimiento. Y así como muchas personas en el contexto epidémico actual, estos trabajadores están relegados a realizar sus actividades laborales y volver al confinamiento de su campamento o base con los mismos espacios, recursos y compañeros. Si bien el trabajo antártico trae experiencias inolvidables, no está ajeno a un mundo de dificultades.

La investigación etnográfica realizada durante la ECA 55 (2019) para mi tesis de Magíster en Antropología sociocultural de la Universidad de Chile, titulada “Optimización de salud en Antártica”, apoyada y financiada por el INACH, me permitió observar las formas de cuidado y autocuidado requeridas para sobrevivir a este espacio.

Los viajeros fueron aproximados a través de una metodología etnográfica, en la cual se constituyó una muestra de 47 personas. A 39 de ellas se les realizaron entrevistas semiestructuradas, la mayoría grabadas y una de ellas solo por escrito. La información recopilada fue analizada a través de una codificación abierta y luego axial para generar categorías en el Software Atlas ti, en las cuales se pudieron identificar tanto las problemáticas como las maneras más frecuentes de lidiar con ellas.

Antropología en terreno helado… y confinado

En el blanco continente surgen múltiples problemáticas, para las cuales se crean también múltiples respuestas. Para lidiar con aquello que atraviesan, los cuerpos científicos polares, independiente a su nacionalidad, edad o disciplina, traen consigo una serie de conocimientos previos y capacidades in situ.

Habitando la base científica “Profesor Julio Escudero”, en la isla Rey Jorge, acompañando a científicos y logísticos en diferentes terrenos, pude advertir que los trabajadores, por más durezas que enfrenten, tienden a adaptarse a las condiciones antárticas. Dentro de la investigación, se encontraron seis condiciones problemáticas asociadas a: el medio, los accidentes e incidentes, malestares físicos, sufrimientos emocionales, conflictos entre personas y grupos, y cargas institucionales.

Estas problemáticas identificadas por los cuerpos viajeros eran afrontadas mediante conocimientos prácticos, personales y colectivos, que les permitían adaptarse lo mejor posible a las situaciones y fundamentalmente continuar con su trabajo antártico. Llevar un botiquín de emergencia, planificar puntos de investigación con antelación, mantener la autorregulación de los cuerpos con vestimentas especializadas, secadores o bebidas calientes después de las salidas, llevar alimentos dulces y calóricos para un terreno largo, compartir música y dar masajes entre compañeros eran algunas de las prácticas que estos científicos mantenían para sobrellevar la vivencia.

Además de lo extremo de sus trabajos de campo, la vivencia que ocurre en una base científica los somete a problemáticas que van más allá de sus propios proyectos. Entre ellas –y aludiendo al momento en que vivimos–, vale la pena detenernos en los conflictos entre personas y grupos provocados por la convivencia confinada (fig. 1).

Los contextos materiales y ambientales tienen peso en nuestra forma de vida. Entender que un contexto genera un modo de habitar el espacio, con conductas, normas, valoraciones y jerarquías, nos permite notar la complejidad de la convivencia obligatoria. Podemos pensar, por ejemplo, en cómo las personas en reclusión por la pandemia del Covid-19 tienden a empeorar condiciones de base al convivir con sus propias familias, como se evidencia con el aumento en la violencia hacia las mujeres a nivel mundial, sin por ello ser el confinamiento la causa, pero sí un factor que empeora las consecuencias.

El confinamiento potencia ciertas problemáticas que no se han trabajado lo suficiente y la Antártica es un excelente ejemplo de ello. Puede venírsenos a la cabeza inmediatamente el caso de la base rusa Bellingshausen, donde Sergei Savitsky apuñaló a Oleg Beloguzov por contarle el final del libro que leía, tras una estadía de 10 meses de labor antártica conjunta. Ya no se soportaban y se llegó a la agresión física.

Pero sorpresivamente, y entendiendo la Antártica como un espacio de confinamiento y aislamiento, el caso ruso es peculiar, porque aquello no tiende a ocurrir en la práctica cotidiana del continente. Ciertamente surgen problemas de convivencia, pero, al menos, para estadías cortas, trabajadores científicos y logísticos lidian favorablemente con esta vivencia.

Los conflictos entre personas y grupos en muchas ocasiones son la consecuencia (o causa) de otras dimensiones y están relacionadas a estructuras previas. Con un malestar emocional es difícil integrarse y con una mala integración es difícil sentirse emocionalmente conformes; más aún continuar con el trabajo. Y a diferencia de otras problemáticas antárticas, la convivencia parece complejizarse al tener menores capacidades inmediatas de solución: no existe un fármaco que garantice buenas relaciones. Tampoco está claro un “óptimo bienestar social” a alcanzar. Pero se hace evidente el malestar social, porque presenta consecuencias de castigo colectivo, como rechazo, humillación, exclusión, confrontación o incluso necesidad de evacuación.

Habitar una base científica por largos períodos de tiempo genera problemáticas como relaciones emocionales perjudicadas, molestias con el comportamiento de otros, dificultad para relacionarse, roces y confrontaciones directas, cansancio de compartir con la misma gente, sentimientos de exclusión o subalternidad, malestar por compartir el espacio, desesperación por los roles utilizados, incomodidad en las relaciones de género, competitividad entre investigadores y entre logísticos. Todos estos factores generan un ambiente tenso que ha de trabajarse si no quiere llegarse a prácticas de violencia ni detener el objetivo central del viaje antártico.

La experiencia de habitar Antártica en la base Escudero parece un híbrido entre trabajar dentro de un contexto extremo mientras se vive en un protegido “campamento de verano”. Los mismos trabajadores que convivían en la base eran conscientes de aquellas dinámicas sociales. Y, de hecho, podían ser los más críticos al respecto (tabla N° 1).

En la base, si bien todos son viajeros temporales, se producen grupos fijos, especialmente quienes llevan más tiempo allí o quienes en ECAs anteriores han generado algún lazo social estable. La presencia de grupos, si bien produce identificación y pertenencia para muchos, deja de lado a otros que van incorporándose, como tiende a ocurrir en muchas agrupaciones humanas. En esta lógica, se constituyen normas o reglas de relación y se define un marco de prácticas posibles, a las cuales las personas responden positiva o negativamente, haciendo una negociación entre las demandas propias y colectivas.

Conflictos y soluciones

No ocurrieron, durante el período de mi investigación, grandes conflictos, aunque sí situaciones que perjudicaron la vivencia de algunos investigadores y logísticos (tabla N°1, exclusiones por conducta). Las prácticas de convivencia son intensas en un espacio confinado como la Antártica, la cual crea normas tanto explícitas como implícitas, siendo posible construir a un “otro” excluido. Si las personalidades no se adecuan a las pautas definidas por el grupo, si no se cumple la priorización de “hacer bien el propio trabajo”, si se perjudica el trabajo de otros y/o si no se favorecen prácticas de buena convivencia, habrá problemas entre los habitantes de la base.

Entre más tiempo pasa, el comportamiento de algunos comienza a molestar a otros, comienza a haber roces entre compañeros y la vivencia de estos roces con gente que permanece en un mismo espacio puede producir un contexto igualmente hostil que el ambiental, como vimos con el caso ruso. Sin embargo, esto no ocurre.

Son varios los cuidados que se producen en la base para sobrellevar la convivencia. Por un lado, la institución y sus trabajadores buscarán propiciar un ambiente apacible a través de códigos protocolares creados “desde afuera” y de prácticas adaptadas al contexto, producidas “desde adentro”.

Por otro lado, la mayoría de los científicos lleva consigo experiencias previas de terreno que les permiten ser capaces de mantener una buena relación, o bien, van acompañados de gente experimentada que les enseñará estas técnicas. Medidas de cuidado y de autocuidado parecen ser esenciales para la garantía de una habitación pacífica.

Las medidas de cuidado institucional de las relaciones sociales se materializan en prácticas de logísticos(as) del INACH. Se intenta mantener los códigos de conducta exigida, pero también se proponen nuevas estrategias sugiriendo medidas alimenticias (que incluyen conocer las diferencias alimentarias, respetarlas e incluso “regalonear” a los científicos con comidas especiales, postres o golosinas), se implementan medidas comunicacionales a través del WhatsApp grupal (en donde se informan las reuniones, los festejos y las molestias producidas en la base), se organiza comunidad mediante la celebración de cumpleaños y de “asados” o juntas cuando se terminan las actividades laborales de la semana.

Aparece también la preocupación por las condiciones afectivas –estando atentos a los conflictos de la base, situaciones problemáticas de algún trabajador o malestares– y finalmente, se utiliza una especie de “artesanía logística”, que responde a buscar cotidianamente la solución de conflictos y aumento del bienestar para mantener la buena convivencia en la base, utilizando herramientas terapéuticas y psicosociales que propicien disfrutar la experiencia. Ejemplo de ello me lo cuenta un logístico, quien explica: “De repente te cuestionan en Punta Arenas ‘¡ay, ¡qué estái comprando esta cosa, esta cosa, esta cosa, esto es muy caro, esto es gourmet!’. Cuando aquí en la Antártica, si no estás bien alimentado, sobre todoen la parte logística, si no tenís algo que te saque de la rutina o tener un minuto pa’ ti, te genera, te frustra, te sentís incomodo, querís volver a tu casa, no querís estar acá”.

Científicas y científicos también traen prácticas de cuidado que les permiten sobrellevar los problemas de convivencia. Pueden reconocerse técnicas y tecnologías específicas de cuidado a las relaciones sociales, tales como: festejos y juntas, utilización del humor, producir instancias para compartir (películas, deportes, juegos, conversación profunda), utilizar la comida como medio de relación, respetar el trabajo del otro, técnicas de conversación superficial, priorizar paseos grupales, disposición a la ayuda mutua, autoconocimiento del propio carácter, limpieza y cuidado del espacio compartido, utilizar dispositivos de música y distanciamiento

Estas técnicas utilizadas para lidiar con el contexto de confinamiento son solo algunas de las dimensiones en que los cuerpos se cuidan para mantener el trabajo antártico. Ciertamente para lograr que estos trabajadores antárticos se mantengan favorablemente, hay muchas prácticas –conscientes e inconscientes–que se despliegan en el continente.

La convivencia, para cualquier grupo humano, es difícil, especialmente si esta no constituye la cotidianeidad a la que se está acostumbrada. Ser capaces de lidiar con el confinamiento y el trabajo no será siempre un goce. Pero si bien no existen fármacos ni soluciones inmediatas para lidiar con las problemáticas de convivencia antártica, la capacidad de adaptación de quienes van al continente, sumado a las prácticas institucionales in situ, parecen ser capaces de sostener la experiencia de un gran grupo de científicos y logísticos que cada año continúan la labor de producción científica.

Si bien la convivencia puede tornarse hostil, estos cuerpos muestran capacidades que en otros contextos no se encuentran. A estos cuerpos adaptados a las condiciones antárticas yo les llamo en mi investigación “corpolaridades”.

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