Por José Pedro Mery, director Escuela de Construcción de Iplacex.
El aluvión en Las Condes revivió un debate indispensable. Tras la emergencia, las explicaciones han apuntado en múltiples direcciones: los incendios del verano, el avance del cambio climático, el encauzamiento de las escorrentías en ductos cerrados o la falta de monitoreo. Si bien todos estos factores tienen distintos grados de incidencia, hay un punto crítico que no podemos soslayar: la alcantarilla de Avenida La Plaza colapsó, incapaz de conducir el volumen de agua y detritos que terminó desbordando sobre una amplia zona urbana.
Ante este escenario, surge una pregunta legítima: ¿son los encauzamientos cerrados de quebradas obras intrínsecamente inseguras? La experiencia demuestra que tienden a fallar por obstrucción o ante caudales extraordinarios. Sin embargo, esto no significa que debamos satanizarlos ni catalogarlos como obras fallidas por definición. La efectividad de una solución de ingeniería depende directamente de una correcta estimación del caudal y del volumen de sedimento esperados.
El verdadero problema es que seguimos urbanizando y diseñando infraestructura para un clima que evoluciona. El cambio en los patrones meteorológicos y la mayor variabilidad de los ciclos de El Niño y La Niña exigen reevaluar de manera urgente los criterios de diseño urbano.
En primer lugar, la prioridad conceptual debe cambiar: siempre que la trama urbana lo permita, debemos preferir los cauces abiertos que respeten el trazado natural de la quebrada. Dotar a estos trazados de zonas de inundación e infiltración controlada es la forma más inteligente de disipar la energía y absorción de la escorrentía aguas abajo. En segundo lugar, cuando el confinamiento de la quebrada sea estrictamente indispensable, la obra debe concebirse como un sistema integral, complementándose con piscinas decantadoras o mallas de contención de detritos según las particularidades de la cuenca.
Por último, ninguna obra de infraestructura está completa sin inteligencia operativa. La gestión de los riesgos aluvionales requiere monitoreo en tiempo real. En este sentido, la incorporación de radares meteorológicos no es un lujo, sino una necesidad crítica de alerta temprana. Son estas herramientas las que permiten detectar tormentas de rápida formación e intensidad local que la tecnología satelital tradicional simplemente no logra detectar a tiempo.
El aluvión en Las Condes debe ser un punto de quiebre. No podemos evitar que llueva de forma extrema, pero sí podemos decidir cómo preparamos a la ciudad. La resiliencia urbana no vendrá de seguir haciendo lo mismo, sino de adaptar nuestra ingeniería a las exigencias del presente.

