Por Emma Chávez, directora de Investigación y Creación de la Universidad de Las Américas (UDLA).
En el último reporte del Times Higher Education (THE) Impact Rankings (Sustainability Impact Ratings), que evalúa el compromiso de las universidades con los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible ODS de la ONU, solo cinco universidades chilenas priorizan como parte de sus resultados de investigación aquellos relacionados con el Objetivo de Desarrollo Sostenible 8, orientado a promover el crecimiento económico, inclusivo y sostenible, junto con el trabajo decente para todas las personas.
Con una cifra de desempleo que bordea el 10%, las instituciones de educación debemos comprometernos con el desarrollo de nuevas capacidades productivas, la transferencia de conocimiento hacia los sectores públicos y privados, el emprendimiento basado en innovación y la generación de soluciones que mejoran la competitividad de las comunidades y su entorno.
Chile enfrenta una paradoja relevante en materia de generación de conocimiento. Aunque ha experimentado un crecimiento sostenido en productividad científica y cuenta con universidades e investigadores(as) de reconocido nivel internacional, persisten importantes brechas de colaboración entre disciplinas, instituciones y sectores de la sociedad. Según la OMPI (Organización Mundial de la Propiedad Intelectual), por tercer año consecutivo Chile mantuvo su lugar (51°) en el Índice Mundial de Innovación pero retrocedió del puesto 70° al 63° en resultados (producción de conocimiento, tecnología y creatividad). Y de acuerdo con el informe Chile: Foundations for Growth and Competitiveness 2026 de la OCDE, la innovación en nuestro país sigue siendo limitada, especialmente entre las pequeñas y medianas empresas. El gasto empresarial en I+D es bajo (0,3 % del PIB) y solo el 17 % de las empresas declaran haber introducido innovaciones tecnológicas, cifra inferior a la mitad del promedio OCDE.
La realidad es que la investigación muchas veces continúa desarrollándose de manera fragmentada, con limitadas conexiones entre academia, sector público, empresas y comunidades. Esto último dificulta la construcción de soluciones integrales a problemáticas complejas. Avanzar hacia modelos más colaborativos, interdisciplinarios y orientados al impacto constituye hoy una necesidad estratégica para que el conocimiento pueda responder con mayor efectividad a las demandas y desafíos de la sociedad chilena.
En las universidades tenemos la capacidad de articular diversos actores y fomentar redes de colaboración que permitan abordar desafíos asociados a la empleabilidad, la productividad, la diversificación económica, la reducción de brechas sociales, entre otros. Aportando evidencia y soluciones que favorecen un desarrollo más inclusivo, resiliente y sostenible. En las aulas, no solo se forman profesionales, sino individuos y equipos que actúan como motores de transformación territorial, impulsando oportunidades de crecimiento que generan bienestar y valor compartido. Porque cuando el conocimiento circula y se conecta, aumenta su potencial transformador y se convierte en un activo estratégico para el desarrollo del país.

