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Ronald Sistek, CEO Aldea Nativa: “Estamos en una necesidad de transformación profunda si queremos ver florecer a las futuras generaciones. Es así de dramático”

Su diagnóstico es contundente; habla de colapso y sobrecarga ecológica, individual y social, pero el CEO de Aldea Nativa también transmite tranquilidad, mesura y lanza una frase esperanzadora: “todavía hay mucho potencial en el ser humano para poder lograr regenerar a la velocidad que el ecosistema mayor lo requiere”.

Antes de hablar de impacto. O de formular preguntas retóricas como “¿de qué hablamos cuando hablamos de impacto?” se hace necesario revisar el estado de las cosas en materia económica. Y el estado de las cosas es que hay un paradigma dominante que se aferra a la estrategia de crecer infinitamente en un planeta de recursos finitos. Frente a esto, el diagnóstico es evidente y casi de sentido común: Sobrecarga y colapso. Para confirmar aquello basta observar las zonas de sacrificio o citar lo que dice el observatorio de Mauna Loa en Hawai: El 3 de abril la humanidad inhaló una cantidad récord de dióxido de carbono. 

Entonces, junto con este paradigma dominante parece urgente hablar de otro. De uno que, aunque en ciernes, ya impulsa regeneración, transformación y el camino hacia otras éticas y otros principios. Algunos llaman a esto nueva economía.

Pues bien, de esa polaridad entre dos paradigmas, de esas nuevas ideas de cambio, de las que la Banca Ética forma parte con una misión clara del potencial económico, es que habla Ronald Sistek, CEO de Aldea Nativa (retail de productos orgánicos y naturales y agricultura regenerativa), consultor, pero también un inspirador de impacto. 

Y Ronald de estas cosas sabe de sobra. Porque la transformación y regeneración que impulsa las ha vivido desde adentro. Las ha sentido en sus propios procesos personales. Dice que ha tenido varios, pero que destaca dos que lo han llevado a que nos encontremos precisamente hablando de estos temas.

“El primero es una experiencia cercana a la muerte que tuve a los 18 y que modificó mucho mi manera de ver la vida; el segundo, tuvo lugar en 2010 cuando me fui a hacer un curso de permacultura al sur, donde unos amigos en El Manzano, cerca de Cabrero, y pasamos el terremoto haciendo este curso”, cuenta.

Esa última experiencia dice que fue como un despertar. Algo que vivenció trabajando con el grupo que le tocó coincidir aquella madrugada de devastación. Así lo revive:

“Estábamos en medio de un bosque, 60 personas entre adultos y niños, estudiando permacultura y sustentabilidad y nos toca el terremoto. Entonces, emergieron liderazgos de la gente que menos esperaba. El concepto de resiliencia humana para mí fue muy evidente. Y lo segundo, que fue muy dramático, fue entender que la sustentabilidad no era como una cosa teórica a la cual en algún momento había que llegar, sino que la sustentabilidad era una estrategia muy pragmática, muy presente, en momentos de crisis. Eso fue súper incidente en mi manera de ver el mundo. Dije que eso que estaba experimentando individual y colectivamente tenía que tener un fundamento que no había entendido hasta entonces. Vi procesos humanos y de colaboración muy potentes”, arguye.

Lo que sacó en limpio fue otras miradas organizacionales fundamentadas en la colaboración. “Es interesante cómo están empezando a florecer estrategias desde todas las áreas de conocimiento que van a ir conformando este paradigma emergente fundamentado en la conservación de la vida”, plantea.

Y todo eso lo explica con hechos. No es que sólo lo declara. Porque Ronald Sistek habla de lo que están haciendo en materia de alimentación regenerativa desde el grupo 180 Grados, cuyo propósito es generar negocios de impacto positivo. “El paradigma tradicional es que combatir el hambre y aumentar la producción se logra solamente trabajando monocultivo asociado a químicos en donde se pierde la escala humana. Nosotros queremos demostrar que hay estrategias a escala humana que maximizan la biodiversidad, eliminan todos los tóxicos asociados a los procesos, recuperan la vitalidad e integridad del suelo y entonces terminamos por diseñar una estrategia de alta densidad nutricional y el efecto que eso tiene a largo plazo va a ser tremendo. Porque lo que hoy día puede ser que pagues un pelito más te va a hacer ahorrar en el futuro un montón de remedios.  Desde Aldea Nativa,  entendemos entonces el impacto desde lo social, ecológico, económico y cultural. El impacto económico es relevante porque si no es rentable el proyecto no se puede sostener tampoco. Hemos desarrollado estrategias educativas que implementaremos pronto en la huerta de manera de trabajar con colegios locales y liceos para que aprendan de agroecología y de esta estrategia de huerta biointensiva y regenerativa. Y eso se mezcla con lo cultural porque la cultura regenerativa implica lo que la ONU sostiene respecto de que esta es la década de la restauración ecosistémica como paso necesario, aunque no suficiente para lograr regenerar el daño acumulado. Lo que hemos intencionado es regenerar eco sistémicamente el lugar donde estamos generando el impacto”, dice.

Esa mirada de proyectar las cosas en el tiempo, por un propósito, y por una ética sustentable, es la que usa para explicar por qué han buscado modelos de financiamiento como el de Banca Ética. 

“Nosotros podríamos haber tomado un crédito más barato, pero elegimos a la Banca Ética porque nos hace sentido hacerlo así, y no necesariamente recuperar la inversión a una velocidad de locos, sino que darle el tiempo para que los productos que queremos sacar lleguen a un precio razonable a la gente que los consume”. 

Pero no se queda sólo ahí en el planteamiento sobre las finanzas sostenibles. Es mucho más lo que aporta.

“Cuando uno se va a dormir, reflexiona y dice: bueno, los fondos de impacto, los fondos dedicados a este tipo de empresas… qué genial que grupos de personas y algunas empresas puedan decidir financiar proyectos distintos. Creo que eso tiene un valor intrínseco muy grande y que es muy necesario para comenzar a confiar y preferir proyectos que impacten positivamente. Y para que la gente empiece a mudar inversiones de un lado a otro. En ese camino, evidentemente siempre existe ese cuestionamiento de comparar tasas, pero al final del día tiene que ver más con los principios sobre los cuales tú quieres fundamentar la manera de financiamiento. Y uno duerme más tranquilo sabiendo que va por el camino correcto, a pesar de que muchas veces se hace más cuesta arriba en términos de retorno. Entonces, uno dice ‘preferimos generar un retorno de la inversión más largo, pero ser consecuente y coherente con el mundo que queremos cocrear’”.

El asunto es que para ese mundo plantea cuestiones claras. Aterriza conceptos. Así, por ejemplo, sostiene que resulta vital empezar a construir comunidades que se muevan por principios éticos parecidos, pues “en general, las incompatibilidades más grandes tienen que ver con temáticas valóricas. Hay que liberar la creatividad a lugares donde no hemos llegado. Y parte de esa creatividad es generar estrategias de financiamiento coherentes con el tipo de proyectos que el mundo necesita”.

Resistencia y esperanza

A pesar de que tiene claro que la resistencia es enorme, que los patrones culturales están arraigados con raíces profundas y que muchas veces hace falta pegarse en la cabeza para advertir las cosas, plantea que junto con conectar con el dolor de saber que hemos tenido efectos colectivos que nadie quiere, existe “la esperanza de que todavía hay mucho potencial en el ser humano para poder lograr regenerar a la velocidad de que el ecosistema mayor lo requiere”.  Porque esa velocidad es urgente. “Estamos en una necesidad de transformación profunda si queremos ver florecer a las futuras generaciones. Es así de dramático”, afirma.

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