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Domingo, Octubre 24, 2021

Más que un cambio, una transición

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Contamos historias que merecen crecer. Pensamos diferente y elegimos creer en las personas, comunidades y organizaciones, las grandes y las que están empezando ahora en la mesa de un café, pero que van a cambiar el mundo.

En la región del Bío Bío hay una comunidad llamada El Manzano, es una de las primeras transition towns de Latinoamérica y la única en Chile. A 20 km de Cabrero y a 75 km de Los Ángeles, la vida es diferente. Los pilares que sostienen a este grupo auto-organizado son la sustentabilidad ecológica, la educación y la agricultura.

Por Dominique Dupré Daroch en KM0 UC

Las comunidades de transición o transition towns comenzaron como un movimiento en Inglaterra en 2006 y, poco a poco, se esparcieron por el mundo con la finalidad de remodelar los estilos de vida contemporánea y frenar lo que ellos califican como un colapso social; el cambio climático, la inestabilidad económica y el agotamiento energético.

Basado en un sistema de ambiente solidario, cada comunidad es distinta de la otra, porque se adaptan a su entorno, pero todos cuentan con la misma base de conciencia por el medioambiente y un deseo de cambio.

El movimiento está apoyado en un sistema de ambiente solidario que educa a futuras comunidades con una serie de manuales y guías de apoyo, que explican la agroecología — la agricultura que toma en cuenta el medio ambiente — y la permacultura — que consiste en un diseño social, político, económico y agrícola guiado por los patrones de la naturaleza — .

El Manzano es un fundo agrícola que fue heredado por los hermanos Carrión Raby. Jorge (35) y José (31), quienes junto a sus parejas reunieron conocimientos profesionales de agronomía e ingeniería ambiental, para transformar el huerto en uno orgánico y libre de químicos. Primero, comenzaron con una serie de cambios como la inserción de una eco-escuela, que enseña a los lugareños y visitantes técnicas agrícolas de autosuficiencia eco-amigables, usando energías renovables y sin contaminar, con el fin de volverse una comunidad autosuficiente para producir sus propias comidas.

Carolina Heidek tiene 33 años, es ingeniera ambiental, llegó en 2008 al Manzano y hoy es la encargada de la organización de los cursos de permacultura y la eco-escuela de la comunidad.

— Carolina, ¿cómo llegaron a ser una comunidad de transición?

— El movimiento de transición ya había partido cuando nosotros comenzamos nuestro proyecto educativo en febrero de 2008. Ya realizábamos trabajos en permacultura, huertos, bosques comestibles y compras en conjunto. Cuando conocimos el movimiento de transición, en 2009, nos inscribimos en el transition network a nivel mundial como comunidad El Manzano. Así pasamos a ser la primera iniciativa Latinoamericana, porque ya cumplíamos con casi todas las condiciones que pedían.

Pasos para ser una comunidad de transición

1. Establece un grupo directivo y diseña su desaparición desde el principio.
2. Aumento de la conciencia.
3. Pon los cimientos.
4. Organiza una gran presentación oficial.
5. Crea subgrupos.
6. Utiliza el espacio abierto.
7. Desarrolla manifestaciones prácticas visibles del proyecto.
8. Facilita la gran re-cualificación.
9. Construye un puente hacia el gobierno local.
10. Honra a los mayores.
11. Deja que vaya a donde quiera ir.
12. Crea un Plan de Acción para el Descenso Energético (PADE).
Fuente: https://transitionnetwork.org/

En El Manzano trabajan en un sistema para acceder al agua de forma mecánica para no depender de la electricidad.

— ¿Qué les pedía la comunidad internacional para pasar a formar parte de ella?

— El movimiento de permacultura y el de transición van de la mano, al final estas dos visiones se acoplaron. Debíamos comentarle a la comunidad internacional todos nuestros aprendizajes y dificultades. Teníamos que cumplir con 12 pasos, pero nosotros ya teníamos muchos adelantados. Lo que tiene de entretenido la transición es que es un movimiento activo y en construcción, no es una receta mágica, sino que hay que adaptarla a cada pueblo.

— ¿Cuáles son las preocupaciones principales del movimiento?

— La motivación principal del movimiento viene por el descenso energético. Nosotros nos comimos la mitad del petróleo, por lo que la transición busca volvernos pueblos menos demandantes de energía, en este caso, energía fósil. Al estar en el sector rural, a diferencia de las otras comunidades que parten en las ciudades, tuvimos que adaptar un poco el modelo. No necesitábamos, por ejemplo, apoyar a que se compartiera el auto, porque aquí todos andan en bicicleta.

Agroecología: es una disciplina científica que frente a la agronomía convencional se basa en la aplicación de los conceptos y principios de la ecología al diseño, desarrollo y gestión de sistemas agrícolas sostenibles.
Permacultura: es un sistema de principios diseño agrícola y social, político y económico basado en los patrones y las características del ecosistema natural.

— Si ya cumplían con la mayoría de los pasos, ¿en qué se centraron para lograr certificarse ante la comunidad internacional?

— En lo que más nos concentramos fue en la resiliencia, que es la capacidad de sobreponerse a un cambio. Una de las cosas que te dice el movimiento de transición es que actúes a nivel local y te alinees con tus vecinos para que sean una red de apoyo. Buscamos tener comunidades más fuertes, que en caso de crisis como el cambio climático o un terremoto, produzcan alimentación y tengan acceso al agua de forma mecánica y no eléctrica. Queríamos que las viviendas no fueran dependientes del sistema eléctrico: instalamos colectores de aguas lluvias, estanques en altura, empezamos a ordenar nuestros residuos, a reciclar y muchas otras activaciones con ese fin.

— ¿Cuál es el perfil de las personas que participan en las transition towns?

— La gente que llega está buscando algo más en la vida, quiere aprender sobre la permacultura. No se siente satisfecha con el mundo real y busca nuevas soluciones. La gente acá suele ser muy clever y proactiva, buscan siempre nuevas soluciones. Aparte de los locatarios originales, que eran en su mayoría ancianos que fallecieron, últimamente llega mucho joven emprendedor. Son personas que se han dado cuenta que no está bien diseñado el mundo y que existen alternativas. Hay de todo: doctores, dentistas, artistas, profesores, actores, arquitectos y cada uno hace su aporte.

El Manzano

El Manzano no es más que tres calles. La mayoría del terreno es tierra y arena. Las personas caminan a paso lento. Las actividades comienzan de madrugada y terminan a las 20 horas. Cada familia construyó su casa, se autoabastecen de sus huertos y además venden sus propios productos que obtienen de la tierra. Existen centros de hospedaje en que reciben a voluntarios y visitantes interesados en aprender sobre compostaje, permacultura, manejo orgánico de frutas, entre otros. Los talleres que realizan se cobran en forma diferenciada según el poder adquisitivo de cada interesado: el de 15 días puede costar desde $300 mil hasta $750 mil, los cursos de tres días entre $130 mil y $350 mil.

— ¿Cómo se organizan?

— Somos alrededor de 70 habitantes. Este equipo ha sido el motivador de mantener El Manzano en transición y la gente de la villa son personas del sector que se dedican a trabajar con lo agrícola forestal de El Manzano. En 2009 y 2010 estuvimos muy activos, pero luego el movimiento nos dijo que quienes lideraban el proyecto soltaran un poco el mando, para ver qué pasaba. Dejamos de liderar las actividades, los vecinos siguieron haciendo sus mismas cosas, pero los procesos se detuvieron un poco. Ahora estamos retomando la acción y preocupándonos de incorporar aún más a la comunidad.

El principal objetivo de la comunidad es generar su alimento y energía de manera sustentable.

— ¿Cómo se sustenta el proyecto?

— La comunidad El Manzano es sin fines de lucro, pero la eco-escuela, que tiene básicamente a las mismas personas a cargo, es una empresa que se financia en base a cursos y consultorías dentro y fuera de El Manzano. Hacemos talleres, emprendimiento de productos como aceites orgánicos, vendemos chucrut y carne de cerdo orgánica. Del mismo lugar van saliendo diferentes cosas. También nos dedicamos al turismo, porque sin querer queriendo nos volvimos un lugar que la gente quiere visitar. Hacemos visitas guiadas a grupos, vienen personas de sectores rurales similares al nuestro para ver cómo funciona, a veces vienen colegios, universidades y voluntarios.

Lo que obtenemos en ganancias es reinvertido y reinyectado al mismo proyecto, no seguimos el principio de acumulación. En un comienzo obtuvimos una figura comunitaria, que te da la municipalidad, que se llama organización de base. Con esa organización sin fines de lucro postulamos a los fondos de protección ambiental (FPA) del ministerio del Medio Ambiente. En 2009 ganamos un fondo de cuatro millones y luego en 2010 uno de 10 millones.

— ¿Qué dificultades debieron afrontar en un comienzo?

— Quizás la motivación exagerada, porque todos los que llegamos de afuera teníamos ritmos más citadinos, mientras que la gente de acá tenía vidas más tranquilas. Muchas de las actividades que proponíamos, que eran parte de la propuesta del movimiento de transición, era lo que las personas hacían en sus horas de trabajo normal. Es importante en los grupos cómo se gestiona la energía, porque cuando uno lidera procesos, al principio está tan entusiasmado que va como avión, pero después hay que sostener la energía en el tiempo. La organización en un punto nos terminó agotando. Siempre eso ha sido un desafío, porque las personas van cambiando, las actividades van cambiando. No es lo mismo hacer actividades en verano que en invierno. Pero igual uno sigue activando vínculos y formando relaciones.

— ¿Cuál es su relación con la municipalidad?

— Siempre fuimos muy bien acogidos. Yo creo que las municipalidades están chatas de siempre tener que decir qué hacer. Pero cuando aparecen grupos que dicen: ya, yo quiero hacer esto, ustedes ayúdenme a gestionarlo, la municipalidad y el gobierno local son muy amables, porque estas cosas les convienen a todos y pueden ser replicables en otros lugares. Cuando necesitamos el apoyo de la municipalidad, por ejemplo para hacer seminarios, ellos nos ayudan con la gestión y nos prestan los espacios.

— ¿Cuáles son sus desafíos actuales?

— Falta entretención, motivación y volver a soñarnos como comunidad. Siempre hay que reinyectar energía al proyecto. Buscamos ir rotando los líderes, porque las personas que sostenemos este proyecto, lo hacemos en nuestros tiempos libres. El movimiento de transición no lo administramos durante las horas laborales, sino que los fines de semana y en los horarios extra. Por eso estamos remontando a través de la entretención, porque cuando lo estás pasando bien renacen en la comunidad las ganas de juntarse y hacer cosas que sean en beneficios de todos.

— ¿Qué esperan para el futuro de la comunidad?

— Lo ideal es seguir creciendo y ofrecer nuevos puestos de trabajo, siempre con el perfil de emprender y trabajar en comunidad. Ser parte del mundo te invita a crecer, no te puedes negar a eso. El Manzano es un modelo replicable, ojalá se activen más lugares en el país con gente que pueda liderar ese proceso. Eso es lo entretenido del movimiento de transición, cada pueblo se puede rediseñar, reinventar y ver lo que quiere lograr. Si se llena de El Manzanos en Chile sería bacán.

Sobre los autores: Dominique Dupré es estudiante de Periodismo y escribió esta entrevista como parte de su práctica interna en Km Cero.

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