Hace unos días, el Ministro de Agricultura, Antonio Walker, advertía que Chile atraviesa la sequía más grande de su historia, incluso más grave que la vivida en 1968, un año tremendamente seco pero que, a diferencia del actual, estuvo precedido por años relativamente normales en materia de precipitaciones.
Hace casi dos meses que en Chile se vive un proceso social que a todos nos ha afectado muchísimo y que sin duda traerá consigo grandes cambios en todo ámbito.
Cada 5 de diciembre conmemoramos el Día Mundial del Suelo para relevar la importancia de un suelo sano y la necesidad de una gestión sostenible de sus recursos.
Lo vivido el último mes nos ha llevado a replantear muchos ámbitos de la vida, en plena crisis tuvimos que aprender a seguir trabajando, contener a los equipos y adaptarnos a la situación que vivíamos.
Cuando aún no comienza el verano, Chile vuelve a ser un escenario climáticamente propicio para los incendios forestales. El aumento de las temperaturas, la sequedad de la vegetación, el aumento del viento y la carencia total de lluvias, favorecen la frecuencia e intensidad de los incendios.
Dentro de todo el proceso, se debe seguir trabajando –los que tienen trabajo–, cuidar a los hijos, sostener la vida de pareja y un largo etcétera, todo, eso sí, en un contexto de gran incertidumbre, que es la palabra que más se repite en las conversaciones de los chilenos hoy.
Según cifras del Programa de las Naciones Unidas por el Desarrollo (PNUD), a nivel mundial más de 800 millones de personas aún viven con menos de 1,25 dólares al día. Muchos de ellos no cuentan con acceso a alimentación y agua potable, y se enfrentan a diario a condiciones de pobreza multidimensional[1], que en la mayoría de los casos estanca el desarrollo de las nuevas generaciones.
Cancelar la realización de la COP25 en nuestro país fue una medida esperable, dado el contexto por el que atraviesa el país, con tantas demandas que aún no logran canalizarse.