Vacíos regulatorios estarían frenando la innovación científica en compuestos naturales, obligando a que parte de estos avances se comercialicen en el extranjero.
Chile investiga. Chile innova. Chile genera conocimiento en torno a productos naturales con potencial impacto en salud. Pero gran parte de ese trabajo nunca llega a las personas.
De acuerdo con estimaciones de académicos vinculados a proyectos financiados por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo, entre un 50% y 60% de los desarrollos en compuestos bioactivos y extractos naturales no logra avanzar a etapa comercial en el país. ¿La razón? No es científica ni tecnológica. Es regulatoria.
“Tenemos evidencia, tenemos investigación, pero no tenemos dónde clasificar estos productos. Eso corta la cadena antes de llegar al mercado”, explica Heriberto García, exdirector del Instituto de Salud Pública (ISP) y actual Director de la carrera de Química y Farmacia de la Universidad del Desarrollo.
Un marco normativo que no calza con la innovación
El problema radica en la estructura actual de la regulación sanitaria en Chile.
Por un lado, el Reglamento Sanitario de los Alimentos (D.S. 977/1996) permite la comercialización de suplementos, pero sin que estos puedan declarar propiedades o beneficios específicos. Por otro, si un producto natural busca comunicar efectos en la salud, automáticamente pasa a ser considerado medicamento bajo el D.S. 3/2010, enfrentando exigencias diseñadas para la industria farmacéutica tradicional.
En la práctica, muchos desarrollos quedan en un limbo. “Es una paradoja. Mientras más evidencia tiene un producto natural, más difícil es comercializarlo en Chile”, agrega García.
Innovación que se va fuera del país
El impacto de este vacío no es menor. Parte relevante de estos desarrollos termina siendo licenciada o comercializada en el extranjero, donde existen marcos regulatorios más adaptados a este tipo de productos.
En países como Estados Unidos, donde los suplementos están regulados desde 1994, la industria supera los 50 mil millones de dólares anuales. En Chile, en cambio, no existe una categoría equivalente que permita capturar ese valor.
Esto no solo representa una pérdida de oportunidades económicas, sino también una desconexión entre la ciencia local y su impacto en la población.
Un riesgo que trasciende lo económico
Más allá del impacto en innovación y competitividad, el problema también tiene implicancias en salud pública.
La ausencia de una vía formal para comercializar productos naturales seguros y regulados está empujando la demanda hacia canales informales.
Según la Organización Mundial de la Salud, cerca de un 20% de los productos médicos en mercados informales son subestándar o falsificados.
En este contexto, la falta de regulación específica en Chile deja a los consumidores expuestos a productos sin control sanitario, sin trazabilidad y sin garantías de seguridad.
El desafío de cerrar la brecha
El caso de los productos naturales abre una discusión más amplia: cómo adaptar la regulación a los nuevos desarrollos científicos y tecnológicos.
Hoy, el desafío no parece estar en generar conocimiento, sino en crear las condiciones para que ese conocimiento se transforme en soluciones concretas para las personas.
Porque cuando la innovación no logra salir del laboratorio, el problema no es la ciencia. Es el sistema que la rodea.



