Por Malena Marcalle, Gerente de Sostenibilidad de Falabella
Conciliar trabajo y vida personal sigue siendo una de las grandes tensiones del mundo laboral. No porque falten discursos, sino porque transformar estas ideas en prácticas concretas sigue siendo un desafío. Estudios recientes, como el de la ACHS y Datavoz sobre equilibrio entre trabajo y vida privada, muestran que una parte relevante de las personas percibe que su carga laboral interfiere con su vida personal. Este dato invita a las organizaciones a revisar cómo se diseñan las jornadas, las exigencias y las formas de trabajo, entendiendo que el desempeño sostenible requiere considerar a las personas de manera integral.
En ese contexto, también están cambiando las expectativas sobre el trabajo. Hoy, al evaluar un empleo, las personas consideran no solo salario o proyección profesional, sino si ese rol es compatible con una vida personal sostenible en el tiempo. Cuando ese equilibrio no se logra, los efectos no se agotan en lo individual: se reflejan en mayor rotación, desgaste de los equipos y dificultades para sostener el talento, impactando directamente en la continuidad y competitividad de las organizaciones.
En Falabella decidimos abordar este desafío de manera estructural. Recientemente obtuvimos el Sello Iguala-Conciliación, otorgado por el Servicio Nacional de la Mujer y Equidad de Género (SernamEG). Más que un hito puntual, fue el resultado de un proceso largo y exigente, que nos llevó a revisar prácticas, ordenar criterios y coordinar equipos con realidades muy distintas, desde la oficina central hasta tiendas con alta exigencia operativa.
Avanzar en conciliación no es simple, especialmente en organizaciones de gran escala. Implica detenerse a revisar cómo operamos, qué tan flexibles somos en la práctica, qué decisiones priorizamos y qué conversaciones estamos dispuestos a sostener. No se trata de sumar beneficios aislados, sino de observar cómo las decisiones cotidianas impactan en la vida de las personas y en la sostenibilidad de los equipos.
Cuando las empresas abordan estos temas con consistencia, los efectos van más allá del clima interno. Se fortalecen las organizaciones, con mayor capacidad de atraer, desarrollar y retener talento en el tiempo. Entender la conciliación de esta forma no es “dar facilidades”, sino reconocer que el equilibrio es una condición necesaria para que el trabajo sea viable y sostenible.
El equilibrio, además, no es un punto de llegada. Es una práctica que se gestiona, se ajusta y se revisa de manera permanente. Y como toda buena gestión, requiere coherencia, decisiones y una disposición constante a mejorar.
En un contexto donde el trabajo ocupa un lugar tan central en la vida de las personas, pensar la conciliación con seriedad no es un gesto simbólico, sino una responsabilidad compartida. No se trata de soluciones simples ni de decisiones aisladas, sino de cómo distintos niveles de la organización —desde los liderazgos hasta las dinámicas cotidianas— asumen el desafío de organizar el trabajo de manera más sostenible. Esa forma de abordar la conciliación es parte de construir organizaciones más humanas, pero también más sólidas y preparadas para el futuro.



