Por Maximiliano Frey, jefe de proyectos del Pacto Chileno de los Plásticos de Fundación Chile
La colaboración sigue siendo fundamental, o al menos eso es lo que muestra el Barómetro de la Cooperación Global, elaborado por el Foro Económico Mundial este 2026. Y es que a pesar de que la fragmentación política va en aumento entre Estados, la cooperación pública y privada sigue creciendo. El mismo Donald Trump – sí, aquel que retiró a Estados Unidos de más de 60 organizaciones internacionales – anunció emocionado la creación de una nueva entidad multilateral en Davos hace un par de semanas.
Evidentemente, los fines y la forma no son los mismos. Pero si, es una confirmación que para enfrentar los principales desafíos de nuestra época la cooperación no solo es deseable, es necesaria. Y es que en una economía global dónde la materia prima se extrae en un país, se manufactura en otro y se vende en un tercero, hay poco espacio para las aventuras solitarias. Basta que una frontera se cierre, que un evento climático ocurra o que un estándar cambie para que un problema local escale rápidamente a nivel global.
Uno de los desafíos que requieren esta colaboración es la contaminación por plásticos, dónde cada persona, organización y país cumple un rol clave para afrontarla. No obstante, la colaboración no ocurre de forma espontánea, se necesitan líderes que tengan la convicción y la paciencia para articularla. Eso es precisamente lo que ha impulsado la Red de Pactos de los Plásticos de WRAP y la Fundación Ellen MacArthur durante los últimos seis años, y que la semana pasada renovó su compromiso junto a organizaciones locales de más de 13 países y de todos los continentes.
El rol que tiene Chile no es menor. Fuimos el primer país de América en tener un Pacto de los Plásticos a través de Fundación Chile y el Ministerio de Medio Ambiente, uno de los pocos dónde el Estado participa activamente. Esto ha significado la llegada de fondos y conocimiento que benefician directamente a nuestro país, permitiendo apoyar desde recicladores de base hasta grandes empresas. ¿Lo más importante? Nos ha permitido articular un ecosistema de cooperación que pocos países tienen.
Empresarios, técnicos, activistas, y servidores públicos. Muchas veces las y los socios y colaboradores del Pacto tienen intereses contrapuestos. Algunos son competencia, otros creen en soluciones completamente distintas para el sistema. Es normal. Y, de alguna u otra manera, hemos logrado trabajar en conjunto por el bien común y alcanzar consensos concretos en un tema que, por definición, es complejo.
Hoy, la idea del multilateralismo está en tela de juicio y la posibilidad de contar con un tratado global contra la contaminación por plásticos parece mínima. Sin embargo, estamos en una época donde el trabajo entre países ya no depende exclusivamente de la voluntad de los gobiernos de turno, sino también de redes técnicas, alianzas público-privadas y acuerdos construidos de abajo hacia arriba. Tal vez no sea el multilateralismo clásico que conocimos, pero es cooperación real. Y si algo nos muestra la evidencia, es que —con todas sus imperfecciones— la colaboración sigue siendo sexy.–



