Por Ignacio Merino, director ejecutivo de HUBTEC
Aprender en la práctica y en relación con otros permite transformar el conocimiento en experiencia viva, algo que difícilmente se logra por la vía teórica. Por eso, el trabajo que desarrollamos en los últimos meses junto a empresas de distintos sectores productivos a través de convocatorias abiertas de I+D y desafíos de innovación, nos permitió entender con mayor claridad cómo se mueve hoy el ecosistema de ciencia, tecnología e innovación en Chile.
Este proceso nos deja nociones claras sobre el talento disponible, las brechas que aún persisten y el cambio de enfoque que requiere el país para escalar soluciones con impacto real. Son lecciones que hablan de innovación, pero también de cómo conectar capacidades, generar confianza y construir futuro desde la colaboración.
El primer aprendizaje tiene que ver con el nivel de las soluciones que se desarrollan en Chile. Una de las convocatorias realizadas junto a una empresa del área productiva de materias primas traspasó rápidamente las fronteras locales y atrajo postulaciones desde los cinco continentes. El proceso permitió constatar que las tecnologías creadas en el país están a la altura de las mejores a nivel internacional y listas para salir al mundo. No es menor que, tras un exigente proceso de selección, el jurado haya definido que los ganadores en ambas categorías fueran chilenos. Contamos con talento, conocimiento y capacidad tecnológica de sobra, lo que marca la diferencia es abrir las oportunidades correctas, en el momento adecuado, para que esas soluciones puedan escalar y contribuir a resolver desafíos globales.
La segunda gran lección se relaciona con las brechas de absorción de innovación en la industria. Según la Encuesta Nacional de Innovación 2025, menos del 13% de las empresas en Chile tiene hoy capacidad para incorporar innovación basada en I+D. En ese contexto, los desafíos abiertos y los procesos de vinculación cumplen un rol clave al permitir que empresas con distintos niveles de madurez desarrollen ese “músculo” innovador. Este esfuerzo es especialmente relevante en las grandes empresas, que no sólo integran estas capacidades internamente, sino también traspasan esta visión a toda su cadena de proveedores, generando un efecto multiplicador que fortalece al ecosistema completo.
El tercer aprendizaje apunta a un cambio de paradigma: la innovación necesita más demanda y no solo más oferta. La conexión real ocurre cuando se articulan las necesidades concretas de las empresas y del sector público socio-productivo con la oferta de emprendimientos científico-tecnológicos. Es la demanda de tecnología la que empuja el carro de la innovación. Por eso, la oferta que surge desde universidades y centros de investigación debe estar profundamente conectada con los problemas reales del territorio y de las industrias. Identificar con claridad esos problemas permite actuar de forma mucho más dirigida y efectiva. Durante años se pensó que los hubs debían principalmente ordenar la oferta para llevarla al mercado; hoy sabemos que el verdadero valor está en identificar la demanda y, desde ahí, hacer el match correcto.
El trabajo estrecho con la industria no solo dejó aprendizajes, sino también desafíos de largo plazo. El principal está en aumentar la masa crítica de empresas que hacen I+D y entender la innovación como un proceso no lineal, donde cada nuevo actor incorporado genera un efecto exponencial. El camino que se abre de ahora en adelante no es el de articular soluciones aisladas, sino identificar problemas reales —en alimentación, salud, contaminación, gestión,sostenibilidad y muchas otras áreas— y abordarlos desde la ciencia y la tecnología. Solo así la innovación podrá convertirse en una verdadera herramienta de desarrollo.



