Por Sebastián Rodríguez, Socio y Gerente general de Emprediem / Miembro Asesor de Ecocivilización Chile – Club G100
En el mes de la mujer, hemos visto cómo múltiples empresas y organizaciones han puesto el foco en visibilizar iniciativas con enfoque de género. Desde el mundo del emprendimiento y la sostenibilidad, esto no ha sido la excepción. De hecho, el propio Diario Sustentable reconoció recientemente a más de 120 mujeres líderes en sostenibilidad.
Sin embargo, más allá de la visibilidad, es necesario hacernos una pregunta incómoda: ¿estamos realmente nivelando la cancha?
Si observamos el ecosistema emprendedor en Chile, la respuesta es clara: no. La cancha sigue estando inclinada, y de manera estructural.
Primero, las mujeres no acceden a las mismas oportunidades. Según datos de CORFO y distintos estudios del ecosistema, menos del 20% del financiamiento de capital de riesgo en Chile llega a emprendimientos liderados por mujeres. A esto se suma una menor participación en programas de aceleración y redes de alto valor.
Segundo, existe una barrera menos visible, pero igual de relevante: la autopercepción. Muchas mujeres altamente preparadas tienden a cuestionar si son suficientemente buenas para postular a un fondo, liderar un proyecto o asumir un desafío mayor. No es falta de capacidades, es un entorno que históricamente no ha reforzado esa confianza.
Tercero, y quizás el factor más estructural, es la desigual distribución de las responsabilidades de cuidado. Según el Instituto Nacional de Estadísticas, las mujeres destinan en promedio más del doble de tiempo que los hombres a labores domésticas y de cuidado no remunerado. Esta “mochila invisible” no solo consume tiempo, sino también energía mental, afectando directamente su capacidad de enfocarse en hacer crecer sus emprendimientos.
Podríamos seguir enumerando factores. Pero incluso con esta cancha desnivelada, hay algo que resulta evidente: el emprendimiento femenino tiene un efecto distinto.
Un efecto multiplicador.
Diversos estudios muestran que las mujeres tienden a reinvertir una mayor proporción de sus ingresos en sus familias y comunidades, generando impactos positivos en educación, salud y bienestar. Es decir, cuando una mujer emprende y le va bien, el beneficio rara vez es individual.
Ese crecimiento se expande.
Llega a su familia, a su comunidad, a otras mujeres y a otros emprendedores. Es un impacto que se distribuye, que se comparte y que genera valor más allá del negocio en sí.
Por eso, impulsar el emprendimiento femenino no es solo una cuestión de equidad. Es una decisión estratégica para el desarrollo social y económico del país.
Si queremos construir una economía más sostenible, inclusiva y resiliente, necesitamos más mujeres emprendiendo, pero sobre todo, más mujeres teniendo éxito en sus emprendimientos.
Esta ha sido nuestra inspiración en Emprediem, con más de 7 años poniendo el Emprendimiento femenino como un eje estratégico que nos permite multiplicar el impacto.
El desafío entonces no es solo visibilizar, sino transformar. No basta con abrir espacios; debemos asegurarnos de que existan las condiciones para que esos espacios generen resultados reales.
Porque cuando una mujer emprende y le va bien, no avanza sola, multiplica su impacto.


