Ni fanatismo ni extremismo: Viva el realismo y el pragmatismo

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Daniel Vercelli Baladrón, cofundador y Managing Partner de Manuia, consultor y director de empresas

En Bruselas, el presidente electo José Antonio Kast advierte sobre los peligros de una cultura dominada por los ‘ismos’: ambientalismo extremo, feminismo ideológico, indigenismo radical. En Santiago, el presidente Boric responde que pelear contra los ismos es no entender el cambio cultural. No es mi intención entrar en una polémica sobre contingencia política, sino más bien aprovecharla para un análisis de la realidad.

Chile acumula 15 años consecutivos de megasequía, acaba de perder 34.000 hectáreas y 21 vidas en los incendios de Biobío, con más de 4.100 viviendas destruidas. La pregunta relevante no es si los ‘ismos’ son buenos o malos. Quizás la pregunta relevante es si somos capaces de mirar la realidad sin fanatismo ni extremismo en nuestras posiciones, y buscar soluciones con pragmatismo y realismo.

Es cierto que el extremismo ideológico paraliza, pero la solución no es entrar en una guerra sobre ismos buenos y malos. Porque cuando el debate se reduce a eso, se pierde la capacidad de abordar una complejidad que es mezcla de realidades y necesidades. Chile es el país con mayor estrés hídrico de América Latina, el único de la región que pasará a estrés hídrico extremadamente alto antes de 2040 según el World Resources Institute. Los incendios forestales se multiplicaron por diez entre 1963 y 2024. El 83% de nuestras exportaciones depende de recursos hídricos. Esos son problemas físicos, sociales, económicos y estratégicos que requieren respuestas que sean al mismo tiempo pragmáticas y basadas en la mejor ciencia disponible, no en batallas culturales.

Lo que necesitamos no es eliminar los ‘ismos’ per sé, pero sí el fanatismo y extremismo que a veces los ciega y corrompe. Cada uno de estos movimientos nació para resolver un problema legítimo. ¿Necesitamos proteger el medio ambiente? Por supuesto. ¿Y también construir viviendas para miles de familias damnificadas? También. Las dos cosas, al mismo tiempo, con inteligencia y no con eslóganes. ¿Necesitamos igualdad de género en acceso y oportunidades en distintos ámbitos? Sin duda. ¿Y también entender que los problemas tienen múltiples aristas que no se resuelven desde la confrontación? También. ¿Necesitamos un capitalismo robusto? Absolutamente. ¿Y empresas que miran más allá de la última línea del estado de resultados anual? Por supuesto, y eso ya no es idealismo: es gestión de riesgo.

Y es aquí donde la discusión sobre los ismos deja de ser sólo política y se vuelve relevante para quienes dirigen empresas y se sientan en directorios, porque el fanatismo no es exclusivo de la calle ni del Congreso: también se instala en las salas de directorio, en dos versiones igualmente dañinas.

La primera es el fanatismo de la sostenibilidad como performance: empresas que llenan sus reportes de compromisos ESG vacíos, que tratan la sostenibilidad como un ejercicio de relaciones públicas. La segunda es el fanatismo del cortoplacismo: directorios que desestiman cualquier variable ambiental, social o de gobernanza como una moda pasajera o un capricho ideológico. Esa mirada ignora lo que el mundo ya decidió. Desde enero de 2026 el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono de la Unión Europea entró en plena vigencia: los exportadores chilenos de acero, aluminio y fertilizantes que no midan ni reporten sus emisiones enfrentarán costos directos para acceder al mercado europeo. Las normas ISSB de reporte de sostenibilidad se están adoptando en decenas de jurisdicciones. Los inversionistas no preguntan si una empresa tiene política ESG por convicción ideológica, sino porque necesitan evaluar riesgos materiales.

Las empresas que lideran a nivel global no eliminaron el ambientalismo de su vocabulario. Lo integraron en su estrategia porque entendieron (al menos) tres cosas que todo directorio debería tener claras: el riesgo climático es riesgo financiero, operacional y comercial; la regulación viene con o sin permiso; y el talento que se necesita para competir no quiere trabajar en empresas que ignoran estos temas.

El pragmatismo empresarial no es un ismo más. Es gobernar una empresa con la cabeza fría y la mirada larga; es tomar decisiones basadas en datos, en ciencia, en tendencias regulatorias, en la realidad del mercado; y es saber que la sostenibilidad bien hecha no compite con la rentabilidad: la protege.

Chile necesita menos batallas culturales y más construcción de acuerdos. Menos trincheras absolutistas o maximalistas y más mesas de trabajo efectivas. Las empresas necesitan lo mismo: menos dogmas y más pragmatismo. Menos reportes de sostenibilidad para la galería (como si los cuadraditos de los 17 ODS fueran láminas del álbum de un Mundial de fútbol que hay que completar) y más integración real de estos temas en la estrategia, en la gestión de riesgos, en las decisiones de inversión.

El verdadero problema nunca fueron los ‘ismos’, sino la incapacidad de gestionar la complejidad sin refugiarse en simplificaciones cómodas. Y eso aplica tanto para gobernar un país como para gobernar una empresa. La pregunta de fondo es simple: ¿preferimos seguir peleándonos por las etiquetas, o preferimos resolver los problemas que tenemos delante?

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