Por Natalia Mahana, Directora Business Lab
Durante años, en Chile hemos visto cómo las memorias y reportes corporativos se transforman en un hito anual clave para muchas organizaciones. Luego vienen las comunicaciones asociadas a esos reportes: los principales logros, los indicadores destacados, los avances que se buscan visibilizar. Se repite así una carrera que muchas empresas conocen bien: cumplir plazos, cerrar cifras, consolidar indicadores y llegar a tiempo con el informe. Una carrera intensa, técnica y exigente. Pero también reveladora.
Muchas organizaciones siguen tratando la sostenibilidad como una función técnica o comunicacional. Como un área que “traduce” lo que la empresa hace, en lugar de comprenderla como lo que realmente es: una expresión directa del liderazgo ejecutivo. la sostenibilidad no se juega en la memoria corporativa. Se juega mucho antes. En las decisiones cotidianas, en los proyectos que se aprueban o se descartan, en los estándares que se exigen cuando nadie está escribiendo el informe.
Esta convicción debe ser la base de toda compañía, el verdadero posicionamiento —interno y externo— no se construye desde el relato, sino desde el criterio con el que se lidera. En sostenibilidad, ese criterio se vuelve visible con una crudeza particular.
Cuando cada acción, cada proyecto y cada decisión estratégica se sustentan en valores sostenibles y en las exigencias reales del mercado —regulatorias, sociales, financieras y reputacionales— la sostenibilidad deja de ser un desafío adicional. Se transforma en un soporte de la operación y del liderazgo.
Desde esa mirada, el posicionamiento ejecutivo en sostenibilidad no consiste en “hablar del tema”, sino en encarnar decisiones coherentes, anticipar impactos y asumir responsabilidades. Porque hoy, más que nunca, la reputación de una empresa está íntimamente ligada a la forma en que sus líderes toman decisiones bajo presión.
Las empresas deben comprender que reportar es solo un verbo. Una acción necesaria, pero limitada. Confundir la sostenibilidad con el acto de reportarla es reducir un fenómeno complejo a un ejercicio instrumental, cuando en realidad se trata de una lógica de decisión mucho más profunda.
Alejarse del concepto de reporte no implica restarle importancia a la rendición de cuentas, sino devolverla a su función correcta: registrar lo que ya fue decidido y ejecutado bajo criterios claros. La sostenibilidad, en cambio, ocurre antes. En el marco conceptual que guía las decisiones, en la jerarquización de riesgos y oportunidades, y en los estándares que orientan la acción cuando aún no existe ningún documento que los formalice.



