María José Terré, Directora Ejecutiva de WATERisLIFE
Durante mucho tiempo, el agua ha sido uno de esos temas que movilizan donaciones, campañas solidarias y gestos bien intencionados. Se ayuda “porque es lo correcto”, porque hay comunidades que no tienen acceso, porque la escasez duele y conmueve. Todo eso es válido, pero hoy, quedarse sólo en esa lógica es no entender la magnitud del problema ni la oportunidad que representa.
A mi juicio, invertir en agua no es filantropía emocional, sino más bien una decisión inteligente. Quienes hoy destinan recursos a proyectos hídricos, ya sea en infraestructura, eficiencia, reutilización, protección de cuencas, innovación tecnológica o gobernanza del agua, no están sólo ayudando a otros, están invirtiendo en estabilidad social, económica y territorial. También están apostando por sistemas que previenen crisis futuras, conflictos, migraciones forzadas, pérdidas productivas y deterioro ambiental irreversible.
El agua no es una causa más dentro del portafolio de donaciones, es la base que sostiene todas las demás. Cuando falta el agua, fallan la salud, la educación, la alimentación, la vivienda, el trabajo y la convivencia social. No hay proyecto social que funcione sin agua ni menos surge el desarrollo sin una gestión hídrica robusta. Y no hay impacto real si seguimos abordándola sólo desde la urgencia y no desde la estrategia.
Por eso, el cambio que necesitamos no es sólo invertir más, sino invertir distinto. Pasar de la donación puntual a la inversión estructural, de la ayuda reactiva a la prevención, y de “apoyar causas” a construir soluciones de largo plazo.
Invertir en agua es reducir riesgos futuros y anticiparse a crisis que, tarde o temprano, terminan afectando a todos, incluso a quienes hoy creen estar al margen. Es entender que la seguridad hídrica no es un tema local ni ajeno, sino una condición básica para la estabilidad de los países y las economías.
Los filántropos que hoy miran el agua sólo como un gasto social están perdiendo la oportunidad de generar uno de los mayores impactos posibles con sus recursos, porque pocas inversiones tienen un efecto tan transversal, tan profundo y tan duradero como esta.
El agua no necesita más compasión, lo que requiere es visión, planificación y una inversión inteligente que está lejos de regalar dinero, sino que más bien es apostar por un futuro más estable y más justo. Y sabemos que, en tiempos de incertidumbre global, no hay decisión más estratégica que esa.



