Por Gonzalo Escalona, Líder de Sostenibilidad y Cambio Climático de E-Consulting Chile | Region Partner Ecocivilización Chile – G100 Denim Club
En la última publicación del Global Risks Report 2026 del World Economic Forum, se anticipó un escenario “turbulento o tormentoso” para los próximos dos años, y esa percepción empeora hacia el horizonte de diez años. El reporte describe 2026 como una “edad de competencia”, se debilitan mecanismos de cooperación, los gobiernos se repliegan de marcos multilaterales y la confianza pierde valor.
A esto se suma, que los riesgos hace años están en el mismo ranking y que pese a las acciones que se han hecho, no cambian.
Por tanto, la invitación a esta realidad es a repensar la naturaleza como actor político, a diferencia de lo que se percibía como un trasfondo pasivo implica que la naturaleza adquiere agencia, es decir la naturaleza interviene cada vez más como fuerza material, como fuerza ecológica que condiciona las decisiones humanas.
Dotar de capacidad de agencia a la naturaleza implica que esa agencia genera efectos de poder que reorganiza soberanías y prioridades. Por otro lado, que la naturaleza sea un actor político lo convierte también en un actor normativo, es decir pasa de ser un telón de fondo a ser sujeto de derecho.
En este punto ahora el desafío es entender cómo la naturaleza y sus límites ejercen su capacidad de agencia y organizan el poder, alterando los marcos tradicionales de análisis. Ya no se trata sólo de estudiar cómo mitigar los cambios ambientales, sino cómo los territorios, y sobre todo sus ciclos ecológicos, condicionan, desbordan y reestructuran la acción pública.
¿Por qué, pese a tantas estrategias, cumbres, hojas de ruta y compromisos, el escenario no cambia de forma significativa? ¿Estamos actuando o solo administrando el riesgo para que no estalle en nuestro turno?
La respuesta aparece al juntar dos frases del informe. Por un lado, reconoce que el futuro no está predeterminado y que no ofrece predicciones, sino escenarios para prevención y gestión. Por otro, constata que las reglas e instituciones que sostenían la estabilidad hoy están trabadas o son ineficaces.
Si ese es el marco, el estancamiento de los riesgos deja de ser misterio. Estamos intentando resolver problemas sistémicos con gobernanzas parciales. Respondemos con programas, pero no con arquitectura institucional. Respondemos con indicadores, pero no con incentivos alineados. Respondemos con campañas, pero no con confianza social. Y respondemos con metas climáticas sin preguntarnos quién paga el costo político de cumplirlas en un mundo donde la desigualdad erosiona la licencia social.
Aquí la politización de la naturaleza vuelve como clave de lectura. Porque el núcleo ya no es solo climático, ni solo económico, ni solo geopolítico. Es el choque entre un orden competitivo que fragmenta la cooperación y una naturaleza que ya no acepta ser tratada como backstage. El WEF, de hecho, advierte que en el corto plazo los riesgos ambientales se están re-priorizando hacia abajo, no porque hayan desaparecido, sino porque otras urgencias están capturando la agenda, incluso cuando, a diez años, los riesgos ambientales siguen percibiéndose como los más severos.
Si esta nota tiene un mensaje final, es este: quizás no estamos haciendo poco, quizás estamos haciendo cosas que no tocan el núcleo del problema. Y ese núcleo hoy, exige reconstruir capacidades de cooperación en un mundo de competencia y asumir que el territorio ya no es una variable externa. Es, cada vez más, el lugar donde se decide la economía.



