Por Daniel Vercelli B., cofundador y managing partner de Manuia Consultora, director de empresas
El 26 de enero, Día Internacional de la Energía Limpia, es un buen momento para decir una obviedad que a veces se nos olvida (pero que los acontecimientos globales cada tanto nos refriegan en la cara): la energía no es un tema técnico. Es poder, estabilidad y competitividad. Y si hacemos lo necesario, también puede ser tranquilidad doméstica.
Partamos por lo incómodo. El petróleo sigue siendo un “precio político” (pregúntenle a algunos cohabitantes de nuestra América). El Banco Mundial, en su Commodity Markets Outlook (octubre 2024), lo resumía sin eufemismos: el riesgo geopolítico es un motor crítico de la volatilidad del precio del petróleo.
La pregunta estratégica, entonces, no es si el barril sube o baja este trimestre. La interrogante es más simple y más dura: ¿cuánto de tu economía quieres dejar amarrado a mercados volátiles, decisiones de carteles, sanciones, guerras o sustos financieros?
Aquí entra la buena noticia. Mientras los fósiles se comportan como montaña rusa, la energía limpia está entrando en su fase industrial. Según el World Energy Investment 2024 de la Agencia Internacional de la Energía (IEA), la inversión energética global superó por primera vez los USD 3 billones en 2024 y, de eso, cerca de USD 2 billones fueron a “energía limpia”. Más todavía: el gasto en renovables, redes y almacenamiento ya es mayor que el gasto total en petróleo, gas y carbón. Dicho en castellano de barrio: la plata está haciendo bailar al monito de las energías limpias más que al monito de los fósiles.
Y no es solo dinero. También es costo. RMI (Rocky Mountain Institute) observó en 2025 que la energía limpia está “más barata que nunca”, con una fuerte caída en el precio de módulos solares y baterías, en muchos casos acercándose a la paridad con alternativas fósiles.
Entonces, ¿por qué no estamos corriendo todos hacia el enchufe con una sonrisa? Porque el cuello de botella cambió. Antes era la tecnología. Ahora son las reglas y la infraestructura. La IEA, en Renewables 2024, estima al menos 1.650 GW de capacidad renovable en etapas avanzadas esperando conexión a la red. Es brutal: proyectos listos para generar, atrapados en la fila. Y el Foro Económico Mundial advierte que el avance existe, pero el “momentum” de la transición se ha frenado por temas de equidad (precios), y porque la seguridad energética sigue tensionada por riesgos geopolíticos.
América Latina, en este tablero, juega con ventaja natural… pero con freno institucional. Según la IEA, la inversión en energía limpia en la región creció cerca de 25% desde 2015 y llegó a USD 70 mil millones en 2025. Chile aparece entre los países que más empujan el aumento. Bien. Pero así como en el fútbol se gana con goles y no con dominio de la pelota necesariamente, el mundo no premia “potencial”; premia ejecución.
Nuestro país es el caso más interesante, precisamente porque ya probó que puede. El informe Ciclo Crecer con Energía: Estrategia compartida para activar el potencial de Chile (UAI–ICARe–SEDE) señala que la participación anual de generación solar y eólica pasó de menos de 3% en 2014 a cerca de 35% en 2024. Y agrega algo igual de importante: casi todos los proyectos en construcción o evaluación ambiental en 2025 son de esas tecnologías, o sea, la tendencia no es reversible en el corto plazo.
Traducido: ya cruzamos la primera etapa del “despliegue”. Ahora vive la segunda, operar un sistema con mucha energía renovable variable sin perder confiabilidad, incendiar tarifas ni destruir confianza pública. El mismo informe lo reconoce en otro dato revelador: el almacenamiento se aceleró. Señala que los costos de baterías de ion-litio cayeron más de 80% en la última década y que, en el país, la capacidad instalada y en pruebas supera los 1.500 MW, con varios gigavatios adicionales en construcción o con aprobación ambiental. Eso ya no es piloto: es infraestructura de sistema.
Hasta aquí, el diagnóstico es claro. Ahora lo que importa es la decisión. Porque el riesgo país no es “tener renovables”. El riesgo país es tenerlas… y no poder usarlas bien.
Tres decisiones-país son claves durante los próximos 18 meses: La primera es poner las redes al centro, con velocidad y con dientes. Chile debería empujar un paquete claro: aceleración de permisos críticos, reforma operativa de conexión (menos fila infinita, más proyectos serios avanzando) y un marco que remunere inversión en redes con foco en confiabilidad y calidad, no solo en “empresa modelo” de papel. La segunda tiene que ver con crear un verdadero “mercado de flexibilidad”. Si queremos 35% de solar y eólica y creciendo, entonces en 18 meses Chile necesitamos reglas simples y bancables para que almacenamiento y flexibilidad se paguen por lo que aportan: seguridad, estabilidad, capacidad de “mover” energía en el tiempo. Finalmente, la tercera se relaciona con reconstruir legitimidad con gobernanza y relato honesto. Como país deberíamos profesionalizar la conversación pública: transparencia radical de costos y beneficios, prioridades explícitas, y una institucionalidad que pueda arbitrar con credibilidad. Esto no es propaganda verde, es explicar, sin maquillaje, redes y flexibilidad cuestan… pero cuestan menos que seguir importando volatilidad.
La transición energética no es un concurso de buenas intenciones. Es una estrategia de soberanía económica. Chile tiene algo escaso en el mundo: recursos renovables de clase mundial y una transición que, con todas sus tensiones, ya está en marcha. El desafío ahora es administrarla como país serio: con ingeniería, reglas claras, inversión y confianza.
Y sí, con manos sucias. Porque la electricidad limpia no se decreta: se construye.


